No tengo depresión: soy así (Parte II)

“Cuando Delagranja encontró al Dr. Lista” o Cómo una sujeta supuestamente depresiva descubre que la biografía y la biología son las madres putativas de su destino.

Tal como comentaba en la Parte I, tras mi descenso a los infiernos al dejar los antidepresivos, mi amigo y psicólogo junguiano Diego Durán, buen oyente capaz de meterse en los zapatos de cualquiera -condición básica para un psicólogo, profesión que detesto: demasiada prima donna, autores de libros de falsa autoayuda y superegos que están muy mal de lo suyo pero pretenden curar a los demás- me recomendó encarecidamente que visitara a Álvaro Lista, neurocientífico, médico psiquiatra especialista en depresión y en procesos de envejecimiento. Me costó decidirme, cansada de tener que pasar otra vez por lo de siempre: medicación estándar para depresión in eternum.

Sin embargo, me llevé una grata sorpresa. En mi primera visita, Álvaro me pareció un tipo súper afable, increíblemente inteligente, expeditivo e incisivo. Lo entendió todo a la primera y me dio deberes para casa. ¡Y qué deberes! Un cuestionario médico de cientos de preguntas y una autobiografía emocional que me costó varias semanas completar. Fue terrible tener que abrir de nuevo la caja de Pandora y ponerme por enésima vez frente al espejo y autopsicoanalizarme hasta el aburrimiento. Pero lo hice. Álvaro la leyó con gran interés y mucho, mucho cariño, así como mi blog de nanocuentos demostrando una implicación inusual en un psiquiatra al uso. Pero él no lo es.

Me canta el cerebro que no veas

Me canta el cerebro que no veas

Con todo lo que más me sorprendió -y me pareció un puntazo- es que propuso hacerme pruebas genéticas para determinar si mi depresión era hereditaria o vivencial. ¡Me encantó la sugerencia! Por fin alguien metía el dedo en la llaga, en el origen físico-químico que siempre sospeché causa de mis bajonazos. De cabeza me fui a que me rasparan con esos bastoncillos CSI el interior la boca y someterme a tres análisis rarísimos. A saber:

– Genotipificación del transportador de serotonina (5HTT)- Resultado: Copia corta y copia larga.
– Genotipificación del polimorfismo VAL158 MET del gen COMT – Resultado: VAL/VAL
– Genotipificación del polimorfismo VAL66 MET del gen BDNF – Resultado: VAL/VAL

Dejo ahí los datos para quien los entienda. A mí me sonó y sigue sonándome a chino. Lo único que entendí (según me explicó Álvaro) es que el transportador de serotonina es fundamental para sentir esa euforia y optimismo que ayuda a ver la botella medio llena. El gen COMT, por su parte, está relacionado con la dopamina, sustancia que favorece la sensación de placer. Y el BDNF (Factor Neurotrófico Derivado del Cerebro) es una proteína determinante en los procesos de depresión. Con los resultados y mi relato de vida en la mano, Álvaro concluyó que mi escenario genético no es el peor del mundo pero tampoco el mejor, y que además la forma en que crecí y me crié (mirando siempre hacia dentro y de reojo a las afueras) provocó un tendencia a la ansiedad, el estrés y el miedo, que me fue volviendo paulatinamente melancólica.
Para mi tratamiento, Álvaro diseñó un plan terapéutico completo con varias líneas posológicas:

1. Estrategia antidepresiva con Duloxetina 60mg.
2. Estrategia Ansiolítica No sedativa con Risperidona, que dejé al año.
3. Estrategia Neuroprotectora (todo natural) con Superomega3 y Vitaminas B6, B9 y B12.
4. Estrategia Cronobiológica con Melatonina 5mg.

En mi segunda visita, le hice al Dr. Lista la pregunta del millón: ¿Tengo cura?

Según Millán Salcedo de Martes y trece (al que adoro), “la locura no tiene cura”. Y en cierta manera fue lo que me respondió Álvaro, explicándome algo que me dejó ojiplática y patidifuminada varias semanas.
Parece ser que en nuestro proceso de percepción, que determinará la forma en que nos posicionemos ante y en el mundo, existen tres sistemas que configuran el proceso activo de pensamiento, conciencia y experiencia subjetiva individual. Tal y como lo entendí, serían:

1. Sistema Abierto: Es aquel que nos permite aprender cosas a diario, asimilar información y configurar nuevas asociaciones de ideas. Es decir, cambiar y evolucionar día a día. El No te acostarás sin saber una cosa más.
2. Sistema Semi-abierto: El sistema que nos permite aprender de cualquier experiencia sea negativa o positiva y elegir qué postura tomar, resiliente o victimista. Por ejemplo, aunque hayas tenido una mala experiencia amorosa y tu percepción del amor sea negativa eso no quita que mañana quieras/puedas volver a enamorarte.
3. Sistema Cerrado: Este es el Quid de la cuestión, la caja negra del avión, el talón de Aquiles del EGO dañado. Según parece entre los 4 y 18 años más o menos, el individuo crea su visión del mundo, su yo tierno en el que empieza a diseñar un proyección vital sobre el lienzo en blanco de su persona. Este sistema proactivo va confeccionando una sólida red con nudos más apretados que un tango de borrachos que hacia los 18-20 años se cierra herméticamente sin que ningún factor externo pueda ya hacer mella en él; ni siquiera los otros dos sistemas que -como agua y aceite- corren en paralelo sin mezclarse.

Pandora, deja la cajita cerrada que hay cosas que es mejor no saber...

Pandora, deja la cajita cerrada que hay cosas que es mejor no saber…

He aquí la tragedia: si durante la infancia y/o adolescencia nuestro entorno familiar, personal, social, ambiental nos hacen un daño continuo, reiterado y repetitivo como un mantra fatal que nos lava el cerebro, y NO se le pone remedio (con médicos, pedagogos, padres, amigos…), aparece la tara, el trauma, la herida, llámele X que se fosiliza en ese núcleo duro de la personalidad donde nunca más entrará la luz del sol y condicionará nuestra trayectoria personal de ahí en adelante… y para siempre.

Por todo eso, ahora lo sé, no soy depresiva. Y no lo digo yo, lo dice Álvaro Lista y también me lo dijo hace años Adolfo Jarne en Barcelona. Soy una optimista dañada, quebrada (según Javier Couto, amigo y escritor de Sci-fi), de carácter histriónico que funciona como escudo ante un entorno hostil forjado por mis desórdenes neurológicos. Y es porque genética y precozmente mi cerebro sufrió un daño ya irreparable que condicionó para siempre mis niveles de dopamina y serotonina. No hay pues ningún mecanismo de defensa personal (sensibilidad artística, inteligencia emocional, humor negro) que pueden solucionarlo: sólo los antidepresivos me salvan.
Así las cosas, no dejo las pastillas ¡¡¡NI LOCA!!!

Toma que toma pastillas de goma

Toma que toma pastillas de goma

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Salud y bienestar: La vida es un mal sueño. ¡Acéptalo!

Me he levantado hippie. Quizá sea un efecto secundario de la medicación antivértigos o que he tenido una revelación al abrir bien los ojos. Pero he visto entre nubes y claros el secreto del equilibrio, susurrado en el oído interno: acéptalo todo y sé feliz.

He vuelto a tener mi sueño recurrente: se me caían todos los dientes uno a uno hasta el último. El sueño tenía mucha miga onírica: Iba paseando con mi madre por el Bulevard Rosa de compras y noto con la lengua que se me mueve una muela de abajo. Sigo hurgando y la muela se cae. La recojo en la mano y se lo digo a mi madre, completamente compungida (yo). La tía (que es mi madre) reacciona como si nada, señalándome un vestido en un escaparate, la muy frívola. Seguimos andando y se me empiezan a caer todos los dientes uno a uno, excepto las paletas de delante, que es exactamente lo que se me debería caer, porque me hacen cara de conejo desde niña. Me empiezo a angustiar y a cerrar la boca para que no se me vea el escarnio, cuando veo una clínica dental en uno de los pasillo del bulevar, donde en realidad hay una tienda de bisutería. Entro pitando y me atienden dos dentistas encantadoras que estaban limpiando el local, todo él (paredes, suelo, instrumental…) verde fluorescente viscoso, como esas lámparas de lava tan psicofunky.

Ven, acércate a la lava y verás qué bien te lava

Ven, acércate a la lava y verás qué bien te lava

Enseño mis dientes caídos que apenas me caben en una mano y ellas ni se inmutan. Me dicen amablemente que me siente en el sillón que enseguida me los arreglan. Me quedo más tranquila con su eficiencia y desparpajo, cuando me enchufan en la boca toda abierta un potente foco de luz azul que me lanza un láser rojo (¿Darth Vader vs. Luke Skywalker?) a pocos centímetros de la encía inferior, ya descarnada y desdentada. El dolor es casi insoportable los primeros segundos y me revuelvo en mi asiento mientras las dos dentistas me dan la espalda charlando de sus cosas, pasando de mi cara congestionada. Mi madre está a mi lado, dándome palmaditas en la mano y diciéndome “Aguanta, nena, que es por tu bien”. El dolor va remitiendo y siento que ya no siento. Todo me da igual, estoy tranquila. He aceptado mi nueva situación de desdentada y he aflojado todo mi ser en consecuencia. Cierro los ojos, adormilada por el calorcito en la mandíbula notando cómo me baja un hilo de saliva por las comisuras… Me despierto sorbiendo babas y tocándome los dientes para asegurarme de que siguen donde deben.

Babeo por no tener dientes pa' morderte

Babeo por no tener dientes pa’ morderte

El sueño de hoy me ha dejado una revelación, como la moraleja de un cuento: la angustia de perder los dientes se intensificaba hasta lo insufrible al no aceptar perderlos. Al aceptarlo me dejé ir como al soltar el manillar de la bici, con el placer de dejarse llevar por una cuesta que impone su propia inercia. Me di cuenta, entonces, de que el mal de mis males es la no-aceptación, la resistencia psíquica a aceptar la realidad, dura de roer y cruda hasta el hueso. Por eso, las depresiones me atacan ferozmente cuando me revelo sin posibilidad de victoria contra unas circunstancias sociales, económicas, laborales que escapan a mi control provocándome una insufrible inseguridad.
Como decía, Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia, pero si no la salvo a ella no me salvo yo”.
De unos años a esta parte, he aprendido a aceptar incondicionalmente mis circunstancias tal y como venían, pero sin permitir que condicionasen mis decisiones, sino integrándolas como parte insoslayable del presente, en pro de un futuro mejorable. He ido aprendiendo a convertir la adversidad en versatilidad, la inseguridad en posibilidad y la angustia en motivación.
Me ha costado más de un huevo darle la vuelta a la tortilla y más de una vez se me ha caído la sartén al suelo, obligándome a limpiar mis estropicios. Pero ahora lo sé: no tiene sentido luchar contra lo que uno es, siente y sabe que seguirá siendo y sintiendo hasta el final.
Espero que esta actitud me lleve a buen puerto, pero por de pronto me ha llevado a buen río, el más ancho del mundo sin orilla a la vista. Donde hay un río, no se puede pedir mar. Acéptalo sin más…

Río de la plata, marrío o riomar.

Río de la plata, marrío o riomar.