De príncipes y mendigos

Dar la mano, qué gesto tan simple, delicado y respetuoso que se está perdiendo entre tanto beso y abrazo dado de cualquier forma y a cualquiera. No, de eso nada, donde esté una buena mano que se quite todo lo demás.

Recuerdo un viaje que hice a Marruecos con mi amiga Eva Mor. Estuvimos en Marrakech y Essaouira, y lo pasamos en grande. El problema era la prohibición de tomar alcohol en los restaurantes, pues la borrachera va en contra de la religión islámica pero a favor de la mía. Sin embargo, hecha la ley hecha la trampa. Y en Essaouira encontramos un restaurante monísimo, oscuro y moriscamente adornado tipo cueva de Alí Babá, donde ofrecían vino francés. Nos tiramos de cabeza. Nos limpiamos la botella mano a mano tan ricamente. Fue al ponernos de pie cuando el Magreb entero empezó a dar vueltas de campana. Ni con el aire del Atlántico se nos quitó la melopea. Nos empezó a entrar una risa floja de mil pares mientras dábamos tumbos de pared en pared por el pintoresco pueblecito. Al dar la vuelta a una esquina, me topé casi de narices con un mendigo que algo me dijo en árabe extendiéndome la mano. En un acto reflejo, se la estreché sacudiéndola con suavidad mientras le susurraba un etílico “encantada”. Eva, que venía detrás de mí, hizo lo mismo lo que dejó al mendigo ojiplático y a un jovenzuelo que estaba a su lado partiéndose la caja.
De eso hace seis años, pero recuerdo perfectamente el tacto de aquella mano anónima: oscura, callosa, seca, amable y algo asustada.

Manos que no dais, ¿qué esperáis?

Manos que no dais, ¿qué esperáis?

Todo esto viene a cuento porque ayer tarde le estreché la mano a su alteza real Prince Edward, Conde de Wessex e hijo menor de Queen Elisabeth II en un acto social de la Embajada Británica en Montevideo. Prince Edward es un profesional de la diplomacia, educado para tal en la forja lenta e implacable de la tradición secular de la Monarquía Británica, sometido (pobre, qué suplicio) a una diaria y concienzuda disciplina bajo la supervisión de avezados profesionales de la etiqueta más rancia. Curiosamente, no recuerdo en absoluto su mano, pero no puedo quitarme de la cabeza su mirada. Cuando me miró, tuve la sensación de que ser para él la persona más importante en ese momento y ese lugar. Una mirada franca pero cálida, directa pero no impertinente, estudiada pero no vacua, carente de prepotencia pero envuelta en una dignidad de cuna que no se puede ni fingir ni aparentar. Y no es que me mirara especialmente a mí por mi cara de gallega, sino que a todo el mundo le dedicaba la misma intensidad visual y un interés tan falso como perfectamente interpretado. Si a esto se suma, una excelente postura y buena plancha, finísimas maneras y una voz educada en tono y discurso, el resultado es regio.
Lo más chocante es que yo soy republicana confesa. Quiero una España republicana ya sin más dilación, pero con la Monarquía Británica tengo una debilidad. No lo puedo remediar: God Saves the Queen!

Prince Edward en su recepción, Embajada Británica de MVD

Prince Edward en su recepción, Embajada Británica de MVD

Creo que mi experiencia más bella e inusitada en “toques de mano” fue en Tokyo, cerca del templo de Senso-ji, el más famoso, concurrido y comercial de la ciudad.
En agosto, Japón es un infiernillo. La humedad es del 90% en el mejor de los casos y la temperatura no baja de 30º. Después de visitar el templo y comprarme una sombrilla bien nipona para protegerme del solazo, se me caían los palos del sombrajo, los pelos del sobaco y los pajaritos fritos. Necesitaba atemperarme con aire acondicionado a 18º y toda vela. Encontramos un supermercado y nos metimos de cabeza en la sección de congelados. Compramos unos plátanos y alguna cosa más que no recuerdo, y nos pusimos a la cola en la caja. Teníamos tres personas delante, pero la cajera sólo me miraba a mí. Pasaba mecánicamente por el scanner los productos de los clientes mientras me dedicaba una sonrisa de Mona Lisa. Al llegar nuestros turno, me hizo una breve reverencia de cabeza (me encanta este gesto, recibirlo y hacerlo) y me dio el cambio depositándolo suavemente en mi mano que entrecerró en las suyas con una caricia. “Arigato”, le sonreí. “Arigato”, me sonrió. No sé porqué lo hizo, si le recordé a alguien, si le gustó mi aspecto, no lo sé. Pero ese gesto me dejó una sensación imborrable de dulzura y delicadeza, de confianza y simpatía, incluso de cierta intimidad con una completa extraña.

Es curioso y muy contradictorio, pues mi misantropía me hace aborrecer cualquier contacto con desconocidos: puedo ponerme muy violenta por un roce fortuito en el metro. Por eso, me molesta dar un beso -o dos- en las presentaciones o a gente que me cae mal al saludar. El beso y el abrazo se los reservo a mis amigos, los que el tiempo y la distancia no han barrido. Para todos los demás, con un hola y media sonrisa me parece más que suficiente. Además, al saludar puedes mirar a los ojos (cosa que no haces mientras das un beso en la cara) y con una sonrisa muestras cierta disposición a la comunicación y empatía. Pero la mano… La mano -como el beso de amor- no se la doy a cualquiera.

Las 10 cosas que más echo de menos de Barcelona

Tengo el síndrome del emigrante. Emocionalmente en tierra de nadie, estoy aquí pero también allí. Mi cabeza vuelve a los espacios y sensaciones conocidos mientras voy descubriendo despacio nuevos espacios. No sé si será morriña, saudade o nostalgia pero algo de todo eso hay.

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Desde Montevideo, Barcelona se ve más bella. Idealizada en la distancia, sublimada por un sentimiento de ausencia de los referentes perdidos y por la incertidumbre de los referentes por conocer. Aunque estoy encantada en mi nuevo país de acogida -Uruguay es muy guay-, no puedo evitar recordar lo que dejé atrás. No soy extrañona, ni apegada a ninguna tierra (hace décadas que me desarraigué de Galicia), las banderas me dan alergia y la inseguridad me acompaña como tónica de una vida adulterada por las circunstancias. Sin embargo, el apego emocional que forjé con la ciudad condal durante 17 años y medio no se borran de un plumazo. Sitios públicos, rincones personales, lugares muy transitados, paisajes urbanos que implican a personas que ahora me faltan pero que no me fallan.

Estos son mis 10 Must de Barcelona:

1. La Vila de Gràcia, mi barrio

Mi calle Bonavista, mis vecinas, mis tiendas habituales, mis restaurantes de referencia, los cines Verdi, los vinazos de tempranillo, Syrah y verdejo, perderme por las plazas, las callejuelas, encuentros casuales e inesperados…

2. La escuela de flamenco de La Tani

Uff, mi Tani (Doñana Santiago), la gran maestra de flamenco en Barcelona, Gabriel Cortés y nuestras charlas sobre cante y cantaores, Yolanda Cortés y sus clases por tangos y buelerías. Impagables, inolvidables, imborrables…

3. La Barceloneta

Mis sesiones de playa matinal y chiringuito con mi Reyes, los paseos con Graham, las comidas de domingo en el Maians con mi Mireia y los amigos más íntimos, lindamente servidos por Inda y Juanmi. El cazón adobado, la ensalada de Xató, el arroz negro… Se me hace la boca agüita amarillita.

4. Las casas de Los gatos no viajan

Mi otra Barcelona, la que me dio muchas alegrías en el último año y medio cuidando gatitos que se quedaban solos en sus casas. Así conocí otros barrios que no solía frecuentar (Horta, Poble Sec, El Clot, Vallcarca…), conocí gente estupenda y unos animalitos maravillosos. Los recuerdo a tod@s, tod@s.

5. Los jardines del Palau Robert

El sitio de mi recreo. Me encantaba sentarme en un banquito bajo un árbol y leer o escuchar música mientras veía la gente pasar, algo que yo solía hacer pues era mi atajo para pasar de Córcega a Rosselló desde mi casa.

6. La Rambla de Catalunya

Es mi calle favorita de Barcelona. Me encanta por todo: las tiendas, los bares con terrazas para fumadores, los árboles alumbrados en Navidad, la caminata arriba y abajo para estirar las piernas… Todo.

7. Los restaurantes japoneses

En Montevideo también hay restaurantes japoneses y la carta de varios locales ofrecen sushi y maki, pero nada similar al Wasabi o al maki frío-caliente del Yu-ja.

8. Las tiendas de Humana y los chinos

Con mi falta de recursos económicos en los últimos años, Humana era mi tienda favorita de ropa. Allí encontré grandes gangas que me alegraron la vida y el armario por pocos (poquísimos euros). Aquí hay tiendas de 2ª mano pero el precio es de tienda normal: si buceas con calma vas encontrando cosillas, pero te cuestan más que en España. Y además, ¡¡¡no hay tiendas de chinos!!! Eso me mata: eran mi proveedor de prácticamente todo.

9. Conciertos y festivales

Primavera Sound, Razzmatazz, Bikini, Apolo… Qué grandes conciertos vi en BCN: Pixies, Wilco, Elvis Costello, Radiohead, Divine Comedy, Florence and the Machine, Macy Gray, Fun Loving Criminals. Además de mucho, mucho flamenco.

10. TMB, metro y bus de Barcelona

En Montevideo no hay metro y el bus es irregular en horarios, sin apenas información en las paradas y con una flota de coches destartalados que da penilla. Es más barato que en BCN, pero no hay punto de comparación en el servicio.

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Vacaciones de verano… ¡ojalá me metan mano!

El verano me calienta tanto que termino sufriendo alucinaciones playeras al borde del mar y hasta un oso leproso me parece un lindo Don Diego. Con furores y picores a la altura de la concha marina, un mancebo de veraneo está prescrito a partir de los 35 años. Pero, ¿dónde conseguirlo sin receta?

El verano es como la casa de Gran Hermano: magnifica los sentimientos, sobretodo de cintura para abajo. Asfixiada por el fuego interior que me obliga a estar todo el día a remojo, ando ojiplática por los chiringuitos, campings, piscinas y jaimas como una loba de mar tras la campaña del bacalao en Terranova.

¡¡Ayy, pero quién lo pescara... Y al rubio también!!

Para pescar un ejemplar de maromo que no me dé vómitos ni extrañamiento, debería invertir unos cuartos (traseros o delanteros) y pagar para darme un buen viaje. Como no tengo ni céntimo en el cerdito-hucha, sueño por no mojar y viajo con la imaginación, ese cohete que pilotamos todos los neuróticos asociales.

Al primer sitio al que iría con los ojos cerrados y las piernas abiertas es Nueva York: allí el sexo está en la calle, asequible como un perrito caliente. Bastaría con meterme en un bar musical nocturno, cruzar las piernas al “estilo Stone” (no confundir con el “estilo Stallone”, que hace estallar el pantalón) y en la barra siguiendo el ritmo del garaje, algún rodríguez se me acercaría para preguntarme: “Are u musician? You gotta some rhythm”. El resto dependería de mi nivel de slang y de alcohol en sang.

Si ellas pueden, yo también. Puede que tengan 10 millones más, pero yo tengo 10 años menos

Aunque me tientan mucho las Stratocaster del East Village, también me van las maracas del Caribe (no confundir con los macarras del Caribe, que haberlos haylos). Por eso Brasil y Cuba también serían destinos “turisex” muy apetecibles para calmar mis ánimos. Según dicen las que lo han probado, por allí los machos están totalmente predispuestos al revolcón en mogollón, aunque con peligrosos daños colaterales: volver con exceso de equipaje, en concreto con un señor en la maleta. Cargar con tanto peso, te puede dejar el culo tan apretado que no hay enema que te devuelva el tránsito regular con el que saliste de casa.

Así me ha quedado el culo de tanto mundo... Hecho un mapa

Esto mismo también me podría suceder si el destino elegido fuera el África negra u Oriente Medio. Porque hay que reconocer que el “producto interior bruto” es una maravilla, esculturales y niquelados como un Ferrari recién salido de fábrica. Pero sinceramente, preferiría traerme como souvenir un hueso de tiburón que un tiburón de carne y hueso. Hay piezas de artesanía local que es mejor dejar en sus locales de origen… por muy perfectos que sean al tacto y la vista.

También he pensado qué pasaría si me fuera con una amiga de “follaje”. Tendría que controlar mi ansiedad hormonal y mi excitación perineal, porque si me diera un intempestivo furor uterino de los míos podría volver a casa descompuesta, sin novio y sin amiga. Para este tipo de viajes los destinos más adecuados son las capitales europeas. Al menos si ligas puedes colocar a tu amiga en un Museo de cera, en una ópera bufa o en una barra americana para que vaya soltándose y haga nuevos contactos (ella misma con sus melismas).

Mi amiga me dejó en un casting pensando que era un catering... ¡Cómo di el cante!

Ahora bien, lo que nunca le aconsejaría a mi peor enemiga (uuumm, o quizá a la peor sí se lo aconsejaría) son los cruceros románticos en pareja, esos que se hacen con la intención de recuperar la pasión y encontrar aquella llama perdida en el templo. ¡Qué forma de jugarse la vida! Es inútil intentar reflotar la relación entre atardeceres a babor y bikinis a estribor. Si nuestro amor va a la deriva chocará irremediablemente con una Lolita en trikini y se hundirá en las gélidas aguas de las pasiones oxidadas.

Así que como este verano no tengo ni para la tarjeta del metro, me quedaré en casa mano sobre mano, rezando para que alguien me enseñe la patita por debajo de la puerta. Aunque pensándolo bien, ¡¡no veas la de dinero y quebraderos de cabeza que me voy a ahorrar!!