El arte de piropear

No soy de las que pasan bajo los andamios mendigando perlas salvajes de bocas proletarias. Pero, ¿a quién le amarga un dulce? El piropo es un arte que no está al alcance de cualquier buzón. Hay que atreverse a admirar y para eso hay tenerlos bien puestos… los ojos.

Así como los insultos que he recibido en mi vida (no pocos y variopintos) se me han quedado grabados a fuego, los piropos que me han dedicado ocasionalmente me dan calorcito interior cuando la amenaza de la baja autoestima pugna por abrirme las carnes.

Una mañana de niebla en Santiago de Compostela, cuando aún era estudiante universitaria, tuve que salir al escape para recoger en la parada del autobús a una amiga que llegaba cargada de maletas. Iba caminando bajo el puente da Vedra con vaqueros ceñidos, botas altas, chaqueta roja de lana y cola de caballo medio deshecha, cuando pasé delante de una zanja donde tres o cuatro obreros estaban tomándose el bocata de las 11h. Uno de ellos levantó la cabeza y al verme pasar del alma le salió un Oleee, la clase se ve. Sonreí para mí pues me pareció un piropo de clase alta en boca de un Working Class Hero cualquiera.

Vente pa'cá que te voy a hacer un traje de saliva que te va a  hidrar tó el año.

Ven pa’cá que te voy a hacer un traje de saliva a medida que te como todo.

Está claro que la sensibilidad no entiende de clases, sexo ni edad. El piropo que más atesoro salió de la boca de una niña de no más de cinco años. Dicen que los borrachos y los niños siempre dicen la verdad y esto fue de largo la cosa más bonita que me han dicho en mi vida “física” con diferencia. Tan hondo me caló que escribí un Micro Romance que aquí dejo para una lectura rápida.

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Quizás haya recibido otros piropos a la altura de los susodichos, pero no me acuerdo. Lo que viene a significar que me entraron por un oído y me salieron por el otro.
Sin embargo los halagos que más agradezco ( y los más escasos) son los que inspira mi forma de escribir, ya que sobre el cuerpo y el carácter el tiempo y la vida meten la mano más que el salido de turno. En la escritura y en la creatividad, para bien y para mal, la culpa es mía y sólo mía. Por eso agradecí infinito cuando Víctor J. Sanz, escritor, editor y profesor de escritura creativa, elogió los textos que le mandé para su blog Letras Inquietas con una hermosa frase lapidaria: “Tu prosa enamora”.
Estoy por convertirla en mi epitafio, aunque para ese último suspiro tengo otra idea…

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En definitiva, sobre piropos no hay nada escrito. Todo es lenguaje oral, gracias a Dios, porque para escribir burradas ya están las redes sociales.

PD: He tenido un olvido imperdonable, pues entre mis piropeadores habituales de letras y espacios, tengo que destacar a mi colega David Torres, blogger y escritor inspiradisimo como demuestra en su blog. Ya hace años me dio Un Bloggeras salerosas de Oro (premio que muestro con orgullo y satisfacción en la barra lateral de este blog) y me aseguró no ser “una simple juntaletras”. Más no puedo pedir.

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Mi hermosa Nancy negra

Yo tenía una Nancy negra. Era una preciosidad color chocolate, con ojos verdes y melena lisa azabache al estilo de los 70′. Me la trajeron Los Reyes unas Navidades. Nunca la olvidaré pues protagonizó, injustificadamente, mi primer brote de racismo infantil.

Aquellas navidades debía de tener yo unos ocho o nueve años y me encantaban las Nancy. ¡A qué niña no! Ya tenía una: la típica rubia, sosa y mofletuda con unas pantorrillas que mostraban una leve elefantiasis. A mi madre debió parecerle una excelente idea regalarme otra para hacerle compañía. Recuerdo que por aquel entonces había salido una colección de muñecas étnicas: la Nancy india, la china y la negra, una rareza plástica de exótica belleza. Esa fue la elegida por mi madre, que siempre le han encantado los africanos y su elegancia natural.

El día después de las vacaciones de Navidad me la llevé al colegio pues no lo permitían jugar un rato con los regalos de Reyes. No sé si se trataba de algún experimento socio-demográfico o para tenernos entretenidas mientras los profesores se ponían al día. Todas las niñas andábamos excitadas revoloteando como moscas cojoneras entre las mesas para fisgar los juguetes de las demás. Recuerdo que a mi pupitre acudieron tres o cuatro memas con sus muñecajos. Se quedaron mirando con desprecio a mi Nancy y una de ellas me espetó:

– Es negra. ¿Por qué tienes una muñeca negra? Es muy fea.

Yo, que era una niña muy introvertida y sí, fea, me lo tomé como un insulto personal por transferencia. Me puse roja, mientras ellas con una mueca reprobatoria me daban las espalda despreciativas. Miré a mi Nancy, que había bajado los ojos avergonzada, y la escondí en mi cartera.

Si hubiera llevado una rubia, no habría aprendido nada...

Si hubiera llevado una rubia, no habría aprendido nada…

Ese fin de semana, como de costumbre, estaba desayunando una tortilla española y zumo de naranja (mi desayuno con tenedor favorito en la infancia) jugando con mis Nacys entre bocado y bocado. Mi madre anda barriendo el salón y levantando un polvazo digno de la mejor tormenta de arena. De pronto y sin venir a cuento, arrojé mi Nancy Negra al suelo en un arrebato de violencia pueril. Aterrizó en medio de los barreduras de mi madre que me miró consternada:

– ¿Qué haces? ¿Por qué tiras tu muñeca así?
– No me gusta. Es negra.
– Pero es guapísima. Tiene los ojos verdes y un pelo precioso. Es más guapa que la otra.
– No me importa. Ya no la quiero. Tírala.

Hermosa como una diosa

Hermosa como una diosa

Mi madre la recogió, la acarició y me miró como le hubiera tirado una piedra a un pájaro a matar. Se la llevó sacudiéndole el polvo con cuidado, consternada con mi comportamiento. Yo quería llorar a moco tendido. Había sido cruel con mi hermosa muñeca sólo porque no era aceptada socialmente a pesar de sus virtudes, que saltaban a la vista. No fui capaz de defender y proteger aquello que me importaba y adoraba. Fui cobarde y cedí a la mezquindad de los cortos de mente que condenan con sus perjuicios.
No me lo perdoné. Desde entonces el mundo me resulta un escenario contradictorio donde nada es verdad ni mentira, sino aceptable o inaceptable dependiendo de los cánones. Incluso la belleza es objeto de este condicionamiento social y temporal. Porque las modas cambian, pero no las mentalidades. Lo políticamente correcto es puro fariseísmo, un parche decorativo sobre una herida siempre abierta e infectada por los perjuicios.
Ahora las Nancys negras son objeto de coleccionismo, buscadísimas y pagadísimas en eBay. Y yo tengo una, superviviente a la ceguera pueblerina del postfranquismo. Mi heroína.

Las 10 cosas que más echo de menos de Barcelona

Tengo el síndrome del emigrante. Emocionalmente en tierra de nadie, estoy aquí pero también allí. Mi cabeza vuelve a los espacios y sensaciones conocidos mientras voy descubriendo despacio nuevos espacios. No sé si será morriña, saudade o nostalgia pero algo de todo eso hay.

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Desde Montevideo, Barcelona se ve más bella. Idealizada en la distancia, sublimada por un sentimiento de ausencia de los referentes perdidos y por la incertidumbre de los referentes por conocer. Aunque estoy encantada en mi nuevo país de acogida -Uruguay es muy guay-, no puedo evitar recordar lo que dejé atrás. No soy extrañona, ni apegada a ninguna tierra (hace décadas que me desarraigué de Galicia), las banderas me dan alergia y la inseguridad me acompaña como tónica de una vida adulterada por las circunstancias. Sin embargo, el apego emocional que forjé con la ciudad condal durante 17 años y medio no se borran de un plumazo. Sitios públicos, rincones personales, lugares muy transitados, paisajes urbanos que implican a personas que ahora me faltan pero que no me fallan.

Estos son mis 10 Must de Barcelona:

1. La Vila de Gràcia, mi barrio

Mi calle Bonavista, mis vecinas, mis tiendas habituales, mis restaurantes de referencia, los cines Verdi, los vinazos de tempranillo, Syrah y verdejo, perderme por las plazas, las callejuelas, encuentros casuales e inesperados…

2. La escuela de flamenco de La Tani

Uff, mi Tani (Doñana Santiago), la gran maestra de flamenco en Barcelona, Gabriel Cortés y nuestras charlas sobre cante y cantaores, Yolanda Cortés y sus clases por tangos y buelerías. Impagables, inolvidables, imborrables…

3. La Barceloneta

Mis sesiones de playa matinal y chiringuito con mi Reyes, los paseos con Graham, las comidas de domingo en el Maians con mi Mireia y los amigos más íntimos, lindamente servidos por Inda y Juanmi. El cazón adobado, la ensalada de Xató, el arroz negro… Se me hace la boca agüita amarillita.

4. Las casas de Los gatos no viajan

Mi otra Barcelona, la que me dio muchas alegrías en el último año y medio cuidando gatitos que se quedaban solos en sus casas. Así conocí otros barrios que no solía frecuentar (Horta, Poble Sec, El Clot, Vallcarca…), conocí gente estupenda y unos animalitos maravillosos. Los recuerdo a tod@s, tod@s.

5. Los jardines del Palau Robert

El sitio de mi recreo. Me encantaba sentarme en un banquito bajo un árbol y leer o escuchar música mientras veía la gente pasar, algo que yo solía hacer pues era mi atajo para pasar de Córcega a Rosselló desde mi casa.

6. La Rambla de Catalunya

Es mi calle favorita de Barcelona. Me encanta por todo: las tiendas, los bares con terrazas para fumadores, los árboles alumbrados en Navidad, la caminata arriba y abajo para estirar las piernas… Todo.

7. Los restaurantes japoneses

En Montevideo también hay restaurantes japoneses y la carta de varios locales ofrecen sushi y maki, pero nada similar al Wasabi o al maki frío-caliente del Yu-ja.

8. Las tiendas de Humana y los chinos

Con mi falta de recursos económicos en los últimos años, Humana era mi tienda favorita de ropa. Allí encontré grandes gangas que me alegraron la vida y el armario por pocos (poquísimos euros). Aquí hay tiendas de 2ª mano pero el precio es de tienda normal: si buceas con calma vas encontrando cosillas, pero te cuestan más que en España. Y además, ¡¡¡no hay tiendas de chinos!!! Eso me mata: eran mi proveedor de prácticamente todo.

9. Conciertos y festivales

Primavera Sound, Razzmatazz, Bikini, Apolo… Qué grandes conciertos vi en BCN: Pixies, Wilco, Elvis Costello, Radiohead, Divine Comedy, Florence and the Machine, Macy Gray, Fun Loving Criminals. Además de mucho, mucho flamenco.

10. TMB, metro y bus de Barcelona

En Montevideo no hay metro y el bus es irregular en horarios, sin apenas información en las paradas y con una flota de coches destartalados que da penilla. Es más barato que en BCN, pero no hay punto de comparación en el servicio.

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10 canciones de los 80′ que me hacen vomitar

Los 80′ son mi década de juventud y de iniciación en el pop y el rock que me siguen encantando. Pero hay algunos temas que aún hoy si los escucho me hacen saltar la tapa de los sesos por cortocircuito. Especialmente hay 10 temazos como mazos que me enferma incluso recordar…

Canto en la ducha como casi todo el mundo y a veces me sorprende la mala selección musical de mi dial interno. Ayer me autodeleité con un famoso tema que odio con todo el corazón oscuro: Killing me softly with this song… Me induce al suicidio sólo con escuchar los gorgoritos de Roberta Flack y deseo imperiosamente que alguien “killing me strongly with a stone”.
Inspirada y envuelta en una toalla me puse a pensar en las canciones de los 80′ que me ponían nerviosa entonces y me ponen más nerviosa ahora cuando las escucho accidentalmente en algún hilo musical nostálgico. Por Dios, ya no hay ningún motivo para seguir escuchando bodrios rompetímpanos que atentan contra la sensibilidad musical más básica. Señores, pasen el filtro del tiempo sobre estos vinilos y de paso rómpalos contra el suelo sin piedad.

Hazte un favor: pon el culo sobre esos vinilos y olvídalos...

Hazte un favor: pon el culo sobre esos vinilos y olvídalos…

He aquí mi top 10 de temas vomitivos de los 80′, casi todas baladas o balidas cacofónicas que si las escuchas al revés o cabeza abajo terminas con una embolia, ordenadas del número 10 al 1 son:

10. Last Christmas de Wham!
Odio las Navidades y durante años tuve que soportar esta pastelada asquerosa por la tele, día sí día también. Ni que decir tiene por dónde le metería yo a George Micheal esas bolitas de nieve…

9. Words de F. R. David
Un hortera sin fronteras compuso este hit, el único gracias a Dios. En una asociación de ideas que no alcanzo a comprender, me recuerda al sensiblón de James Blunt cantando temblorosamente, no sé sabe si por síndrome post-traumático o por taquicardia, su You’re beautiful. It’s true!

8. I’ve just called to say I love you de Stevie Wonder
Stevie, Stevie con el buen soul que tú sabes hacer y nos haces un soup soul o sopa de caracol. Este bodrio que formó parte de la B.S.O. de la no menos espantosa película La mujer de rojo tiene posiblemente los peores arreglos e instrumentación del mundo del pop. Ese órgano Hammond o Casio es un craso error musical… Brrruuu

7. Lady in Red de Chris de Burgh
No sé qué molesta más, unos acordes desleídos y facilones o esa voz de leche merengada que me marea sólo con intuirla. Y los gallitos en falsete… Oh, oh, oh pavor y horror!!

6. Live is life de Opus
NO PUEDO CON ELLA, ese lalalalalaaaaa me dan ganas de matar al de al lado, anfibio o reptil nacido de huevo o de cigoto. Si eso es rock yo soy monja calcutiana. Además ¿qué coño de título es ese? Vivir es vida, brillante oye. Opus no vendrá de opusición porque está claro que estos se han sacado el graduado escolar por los pelos de la Nancy, igual de Famosa.

5. Ebony and Ivory de Paul McCartney&Stevie Wonder
El único Beatle que no aguanto ratificó por sí solo al dejar la banda que sólo sabía hacer baladas para llorar… de asco. Esta pieza para el despiece así lo demuestra. Y a cuatro manos con mi amigo Stevie que parece que en los 80′ le cayó encima un rayo o una lámpara de lava que lo dejó sordito toda la década.

4. I wanna know the love is de Foreinger
Me irrita tan profundamente que creo que detrás de esta canción se esconde un profundo trauma de mi adolescencia. Cada vez que me la tropiezo en el oído se me tensan las mandíbulas y echo espumarajos por la boca. Quizá tiene un subliminal poder exorcista que sólo yo soy capaz de asimilar… o no.

3. Say you, say me de Lionel Richy
Parece mentira que el mismo tío que escribió una de las canciones que más me mola oír desde joven (Easy de The Commodores) haya creado semejante engendro musical que no tiene ni pies ni cabeza de pentagrama. Para más inri, lo escribió para una peli que no estaba nada mal, Noches de Sol en inglés White Nights con un Mikhail Baryshnikov en plena forma, Gregory Hines un excelente bailarín de claqué, Helen Mirren e Isabella Rossellini. Un elenco de lujo y Lionel con esos jipios.

2. Nothing’s gonna change my love for you de Glenn Medeiros
Un tema incalificable de lo apestoso que es. No se puede ser más cursi ni entrenando. Romanticón para menopaúsicas o recién paridas de lágrima fácil a las mujeres apasionadas, las realmente románticas esta canción nos hace llorar… de risa. Glenn, ¿estás tonto o qué?

1. Si tú eres mi hombre y yo tu mujer de Jennifer Rush
Dejando a un lado que cuando me maquillo como una puerta me parezco a esta señora, qué canción tan enfermiza. La versión española con esa pronunciación forzada de angloparlante y esos trinos de soprano (porque mala voz la Jenni no tiene) provocan tal sensación de extrañamiento como ver cantar a un pulpo a lo Pavarotti. Y la letra, ¡todo un poema para la hoguera! Y la cantidad de veces que nos tuvimos que tragar a esta buena mujer cardada hasta las cejas mientras duró el boom de este melangónico tema. Qué infierno, Misses Rush!!

Si me pongo a escarbar en la memoria y en youtube encuentro otras diez y diez más, seguro. Pero con esto basta para levantar dolor de cabeza, otitis y conjuntivitis, todo ello al unísono.

Escribo porque está mandado

Hoy tuve otro de esos sueños que al despertar dejan una estela visible como la del Cometa Halley. El de hoy me recordó porqué escribo sin retribución económica y sin descanso. Hay una razón: no puedo hacer otra cosa.

Los sueños, hijos salidos de la noche, nos revelan momentos, traumas y hechos que despiertos no queremos mirar por dolorosos o aparentemente inútiles. Pero al inconsciente no hay quién le engañe, bien lo sabía el amigo Freud, obsesionado por el sexo encorsetado herméticamente en la moral judeomasónica. Y antes que él, los antiguos: Yahvé revelaba sus deseos en los sueños de sus profetas, los dioses griegos susurraban planes de batalla a sus héroes de guerra y un emperador romano podía matar a toda su familia si así se lo ordenaban sus sueños de megalómano.

¡Por Júpiter, que os mato de sueño!

¡Por Júpiter, que os mato de sueño!

Hoy tuve un sueño muy fácil de interpretar pero con un fondo de iceberg que me arrastró de nuevo a mi terrible y fría adolescencia.
Soñé que volvía a estar en un aula de COU pero con mi aspecto físico y edad actuales. Una profesora estaba repartiendo las notas de fin de curso y yo recibí ¡7 suspensos! Me quedé trastornada, pues con muy bien juicio onírico, ahora tendría que devolver mi licenciatura en Hispánicas, mi máster en guiones y mis cursos de doctoranda en Literatura Española, ya que no habrían existido. Me entró un pánico bárbaro porque tenía que aprobar en los dos meses de verano 7 asignaturas y ni siquiera sabía qué coño había suspendido.

¿Será la A, será la C, ACDC?

¿Será la A, será la C, será ACDC?

Alguien se ofreció a prestarme unos cuantos libros y me sentí algo más aliviada, sentada en un pupitre color crema con patas de hierro malpintado en negro. Irrumpe entonces un profesor, que me pareció familiar, y nos obligó a participar en dos concursos literarios con premio: uno de haikus valorado en 1.000 € y otro de microrrelato (mi especialidad, ejem!) con 400 € de premio. Nos ponemos toda la clase manos a la obra y acabamos en cuanto él nos da la señal. Recoge los relatos. Yo no estoy contenta con mi haiku pero sí con mi microrrelato. En décimas de segundo se nombra a los ganadores, dos tipos que no soy yo. El ganador del haiku lee un texto delicioso y pienso que se lo merece. Le aplaudo con total sinceridad. El del microrrelato en cambio es una basura tópica y mal escrita: me pillo un cabreo de órdago y monto un espectáculo de cólera e ira sin precedentes. Me echan de la clase entre varios y mi amiga de la infancia, Rebeca, me consuela ofreciéndose a estudiar conmigo todo el verano. Lo considero un sacrificio tan hermoso e innecesario como el de Abraham a Isaac y la eximo de sus obligaciones alejándome a toda prisa, mientras me cago en el sistema académico en toda su extensión…

¡Abraham, deténte! ¿Estás tonto o qué?

¡Abraham, deténte! ¿Estás tonto o qué?

Me despierto y con la clarividencia de una médium, recuerdo el momento en el que decidí empezar a escribir.

Hice COU en el Instituto de Las Lagunas de Ourense y tuve un maravilloso profesor de Literatura, el Sr. Zabal, al que le tenía más miedo que respeto, pues la primera semana de clase nos mandó redactar un texto para seleccionar a tres alumnos que participarían en una mesa redonda pública. Mi pánico escénico es antológico y por aquel entonces a mis desgarbados y nada agraciados 17 años, no se ocurría peor tortura que esa. Redacté un texto correcto, pero no brillante con la intención de no quedar como una zote pero tampoco para que me eligiera. ¡Y me eligió! Tuve que participar en aquella terrible mesa redonda en la que quedé como una retrasada, pues en mi turno solté un discurso atropellado, sin sentido y deshilvanado que provocó que todos me miraran como si hablara en esperanto. Desde ese día, él me trató con una distancia prudencial y no me obligaba a intervenir en clase y eso que estaba sentada en primera fila, para mi tormento. A veces yo no podía evitarlo y soltaba algún comentario para el cuello de mi camisa, que él siempre oía. El último día de clase, de pie a mi lado, dio un breve discurso sobre lo que había supuesto esta nuestra promoción para él. A parte de expresar sus dudas sobre nuestro amor a la literatura y la falta de lectura de la mayoría, apuntó que “algunos éramos diamantes en bruto que no nos atrevíamos a brillar” y posó su mano derecha sobre mi hombro que apretó suave y paternalmente.
Casi me echo a llorar como una magdalena penitente.

No me llores y escríbeme...

No me llores y escríbeme…

Ese día decidí empezar a escribir. Por aquel entonces poesía narrativa breve y más tarde, cuentos y pensamientos cortos. Desde entonces siento que escribo porque está mandado, porque los dioses del inconsciente me envían sus órdenes en forma de sueños y no puedo cerrar los ojos a ellos. Ni a ellos ni a sus mensajeros. Como el profesor Zabal, hombre inteligente, culto, buen formador y enseñante, sensible y empático con las almas vulnerables como la mía. Le debo el primer empujón que metió mis hocicos en una página en blanco. Luego vinieron otros empujones, menos amables, docentes y decentes. Pero efectivos al fin y al cabo: todas las hostias son buenas si se digieren bien.

La muerte de Nano

Mi agradecimiento a un amigo por honrar la muerte de uno de mis seres más queridos…

¡La cosa está mal!

Nano era el gato de una amiga y ha muerto. Mi amiga dice que es el día más triste de su vida y yo le creo. No siempre entendí que un animal mereciera tantas lágrimas tras su muerte como una persona, bueno al menos una cantidad no mucho menor.

Silvia perdió a su perro. Recuerdo como buscaba mi consuelo cuando el veterinario lo desahució, jamás la vi tan compungida y nunca podré borrar de mi memoria el grito agónico que lanzó cuando el perro se desplomó cuando recibió la inyección letal que acabó con su sufrimiento.

Un par de años después tuvimos un nuevo perro. Se alegraba cuando llegaba del trabajo y permanecía recostado a mi lado mientras trabajaba en mi ordenador el tiempo que fuera. Una vez sufrí una gran depresión. No sé por qué pero mi perro, de alguna manera, pareció entender que las cosas no iban bien…

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Vegetaciones, esos hierbajos de las narices

Sin duda fue la experiencia clínica más traumática de mi vida. Todo para coger más catarros, fungar por las narices como una flauta peruana y cagarme en las modas quirúrgicas. Porque lo que ayer era la purga de Benito, ahora es un purgante.

Hoy me desperté con la sensación de que se me habían roto las narices. Me las palmé y comprobé aliviada que seguían intactas. Sin embargo esta anécdota trajo a mi memoria un lejano episodio de mi infancia que había olvidado, aparcado o parcialmente borrado por lo traumático que me resultó: mi operación de vegetaciones, practicada con un imitador del Doctor Caligari a finales de los 70.

Ven aquí, niñita, que te arranco las napias con las uñitas...

Ven aquí, niñita, que te arranco las napias con mis uñitas…

Mi pediatra (al que fui hasta los 18 años y ya no quiso verme más por vergüenza ajena) le aconsejó a mi madre que me operaran las vegetaciones porque respiraba por la boca sin parar, roncaba al dormir y tenía catarros constantemente. En realidad, todos los niños pequeños en mayor o menor medida padecen de adenoides, nombre científico de estos folículos que tenemos detrás de las fosas nasales, aunque las mías debían estar en las fosas de las Marianas, de lo profundas y pobladas que eran.

Vengo a comerte las vegetaciones, Mariana

Vengo a comerte las vegetaciones, Mariana

Recuerdo que la noche antes de la intervención mi madre me dio medio Válium, una píldora amarilla de sabor amargo como la de Mary Poppins. Cuando me levantaron todavía estaba grogui. Eran las 07.00 am de una mañana fría y nublada de noviembre, ideal para la matanza do porco y las extracción de órganos infantiles. Llegué a la consulta aterida y custodiada por mi madre y mi padrino, que estaban más asustados que yo. Más les hubiera valido tomarse ellos la pastilla. Nos recibieron el médico, un tipo canoso, ceñudo y adusto con su característica bata, y una enfermera -clon de la Rotenmeyer– con uniforme verde y cofia tan pasada de moda como la de Florence Nightingale. Intuyendo el peligro dí dos pasos atrás cual bestia acorralada. De inmediato, la enfermera-loba se me echó encima y me colocó como por arte de magia una camisa de fuerza que me anudó a la espalda como a un extra de El nido del cuco.

Pero si yo sólo vine a pedir unas recetas...

Pero si yo sólo vine a pedir unas recetas…

Acto seguido, la enfermera me sentó sobre sus piernas en una silla de dentista que olía a cuero, metal y gotita fugadas de orina infantil. Intenté zafarme, pero la señora que no se andaba con chiquitas, me susurraba al oído: “No te muevas que es peor”. Se me acercó aquel Dr. Infierno y con un forceps me abrió el buzón todo lo que me daba de alto y largo. Entonces empezó a meterme por la garganta arriba algodones empapados de cloroformo que me produjeron más arcadas que un concierto de Luis Miguel. Empecé a quejarme mientras miraba a mi acongojada madre, implorando inútilmente ayuda. Entre vapores, temores y horrores, el mataniñassanas aquel me metió por detrás de la campanilla unas tijeras que bien podrían haber sido de podar y me hurgó el interior de las narices, arrancando hierbajos con menos consideración que Eduardo Manostijeras arreglando un seto.

Ven aquí, monina, que te voy a arreglar las puntas de la lengua...

Ven aquí, monina, que te voy a arreglar las puntas de la lengua…

Al acabar la faena, me mandó a casa con la advertencia de que no comiera nada, sólo líquido, y que no me acostara por muy cansada que estuviera. Mi madre, que lo que le dicen los médicos le entra por un oído y le sale por el otro con cera, me dio un zumo y me metió en la cama a dormirla. Dos horas después me desperté con fiebre, completamente mareada y con una sensación espantosa en el estómago, la cabeza y el cuerpo entero. Volvieron a llevarme al médico y en el portal del suso dicho vomité como la niña del exorcista una pota color sangre seca de toro que provocó los alaridos de mi madre y una carrera escaleras arriba de mi padrino llamando a gritos al doctor como un poseso. Me quedé aliviadísima después de arrojar mis rancias hemoglobinas y abrazada a la Concha (una señora mayor que trabajaba en casa) nos reímos de mi parentela que seguía berreando por el edificio en busca del facultativo. Cuando llegó el carnicero del Miño, determinó que el vómito era la sangre que tragué durante la operación y nos puso a todos de patitas en la calle.

¡¡Lo que hay que oír cuando eres niño!!

¡¡Lo que hay que oír cuando eres niño!!

En mi caso, fue peor el remedio que la enfermedad: ahora ronco más, tengo más mocos y alergias cada año, siento a menudo la boca seca como si mascara alpargatas y encima me huele mal el aliento por las mañanas. Es decir, tengo todos los síntomas de una enferma de vegetaciones. Me cago en la manía de los médicos de tocarnos las narices con sus intervenciones. Si en los años 70 los otorrinos hacía caja sacándole las amígdalas y las vegetaciones a todo infante menor de 10 años, ahora en cambio se contentan con venderles sonotones a los amigos de Imanol Arias y a los niños que operaron antaño. Sea como fuere, ¿a mí quién coño me devuelve mis vegetaciones con lo bien que me sentaban?