No tengo depresión: soy así (Parte II)

“Cuando Delagranja encontró al Dr. Lista” o Cómo una sujeta supuestamente depresiva descubre que la biografía y la biología son las madres putativas de su destino.

Tal como comentaba en la Parte I, tras mi descenso a los infiernos al dejar los antidepresivos, mi amigo y psicólogo junguiano Diego Durán, buen oyente capaz de meterse en los zapatos de cualquiera -condición básica para un psicólogo, profesión que detesto: demasiada prima donna, autores de libros de falsa autoayuda y superegos que están muy mal de lo suyo pero pretenden curar a los demás- me recomendó encarecidamente que visitara a Álvaro Lista, neurocientífico, médico psiquiatra especialista en depresión y en procesos de envejecimiento. Me costó decidirme, cansada de tener que pasar otra vez por lo de siempre: medicación estándar para depresión in eternum.

Sin embargo, me llevé una grata sorpresa. En mi primera visita, Álvaro me pareció un tipo súper afable, increíblemente inteligente, expeditivo e incisivo. Lo entendió todo a la primera y me dio deberes para casa. ¡Y qué deberes! Un cuestionario médico de cientos de preguntas y una autobiografía emocional que me costó varias semanas completar. Fue terrible tener que abrir de nuevo la caja de Pandora y ponerme por enésima vez frente al espejo y autopsicoanalizarme hasta el aburrimiento. Pero lo hice. Álvaro la leyó con gran interés y mucho, mucho cariño, así como mi blog de nanocuentos demostrando una implicación inusual en un psiquiatra al uso. Pero él no lo es.

Me canta el cerebro que no veas

Me canta el cerebro que no veas

Con todo lo que más me sorprendió -y me pareció un puntazo- es que propuso hacerme pruebas genéticas para determinar si mi depresión era hereditaria o vivencial. ¡Me encantó la sugerencia! Por fin alguien metía el dedo en la llaga, en el origen físico-químico que siempre sospeché causa de mis bajonazos. De cabeza me fui a que me rasparan con esos bastoncillos CSI el interior la boca y someterme a tres análisis rarísimos. A saber:

– Genotipificación del transportador de serotonina (5HTT)- Resultado: Copia corta y copia larga.
– Genotipificación del polimorfismo VAL158 MET del gen COMT – Resultado: VAL/VAL
– Genotipificación del polimorfismo VAL66 MET del gen BDNF – Resultado: VAL/VAL

Dejo ahí los datos para quien los entienda. A mí me sonó y sigue sonándome a chino. Lo único que entendí (según me explicó Álvaro) es que el transportador de serotonina es fundamental para sentir esa euforia y optimismo que ayuda a ver la botella medio llena. El gen COMT, por su parte, está relacionado con la dopamina, sustancia que favorece la sensación de placer. Y el BDNF (Factor Neurotrófico Derivado del Cerebro) es una proteína determinante en los procesos de depresión. Con los resultados y mi relato de vida en la mano, Álvaro concluyó que mi escenario genético no es el peor del mundo pero tampoco el mejor, y que además la forma en que crecí y me crié (mirando siempre hacia dentro y de reojo a las afueras) provocó un tendencia a la ansiedad, el estrés y el miedo, que me fue volviendo paulatinamente melancólica.
Para mi tratamiento, Álvaro diseñó un plan terapéutico completo con varias líneas posológicas:

1. Estrategia antidepresiva con Duloxetina 60mg.
2. Estrategia Ansiolítica No sedativa con Risperidona, que dejé al año.
3. Estrategia Neuroprotectora (todo natural) con Superomega3 y Vitaminas B6, B9 y B12.
4. Estrategia Cronobiológica con Melatonina 5mg.

En mi segunda visita, le hice al Dr. Lista la pregunta del millón: ¿Tengo cura?

Según Millán Salcedo de Martes y trece (al que adoro), “la locura no tiene cura”. Y en cierta manera fue lo que me respondió Álvaro, explicándome algo que me dejó ojiplática y patidifuminada varias semanas.
Parece ser que en nuestro proceso de percepción, que determinará la forma en que nos posicionemos ante y en el mundo, existen tres sistemas que configuran el proceso activo de pensamiento, conciencia y experiencia subjetiva individual. Tal y como lo entendí, serían:

1. Sistema Abierto: Es aquel que nos permite aprender cosas a diario, asimilar información y configurar nuevas asociaciones de ideas. Es decir, cambiar y evolucionar día a día. El No te acostarás sin saber una cosa más.
2. Sistema Semi-abierto: El sistema que nos permite aprender de cualquier experiencia sea negativa o positiva y elegir qué postura tomar, resiliente o victimista. Por ejemplo, aunque hayas tenido una mala experiencia amorosa y tu percepción del amor sea negativa eso no quita que mañana quieras/puedas volver a enamorarte.
3. Sistema Cerrado: Este es el Quid de la cuestión, la caja negra del avión, el talón de Aquiles del EGO dañado. Según parece entre los 4 y 18 años más o menos, el individuo crea su visión del mundo, su yo tierno en el que empieza a diseñar un proyección vital sobre el lienzo en blanco de su persona. Este sistema proactivo va confeccionando una sólida red con nudos más apretados que un tango de borrachos que hacia los 18-20 años se cierra herméticamente sin que ningún factor externo pueda ya hacer mella en él; ni siquiera los otros dos sistemas que -como agua y aceite- corren en paralelo sin mezclarse.

Pandora, deja la cajita cerrada que hay cosas que es mejor no saber...

Pandora, deja la cajita cerrada que hay cosas que es mejor no saber…

He aquí la tragedia: si durante la infancia y/o adolescencia nuestro entorno familiar, personal, social, ambiental nos hacen un daño continuo, reiterado y repetitivo como un mantra fatal que nos lava el cerebro, y NO se le pone remedio (con médicos, pedagogos, padres, amigos…), aparece la tara, el trauma, la herida, llámele X que se fosiliza en ese núcleo duro de la personalidad donde nunca más entrará la luz del sol y condicionará nuestra trayectoria personal de ahí en adelante… y para siempre.

Por todo eso, ahora lo sé, no soy depresiva. Y no lo digo yo, lo dice Álvaro Lista y también me lo dijo hace años Adolfo Jarne en Barcelona. Soy una optimista dañada, quebrada (según Javier Couto, amigo y escritor de Sci-fi), de carácter histriónico que funciona como escudo ante un entorno hostil forjado por mis desórdenes neurológicos. Y es porque genética y precozmente mi cerebro sufrió un daño ya irreparable que condicionó para siempre mis niveles de dopamina y serotonina. No hay pues ningún mecanismo de defensa personal (sensibilidad artística, inteligencia emocional, humor negro) que pueden solucionarlo: sólo los antidepresivos me salvan.
Así las cosas, no dejo las pastillas ¡¡¡NI LOCA!!!

Toma que toma pastillas de goma

Toma que toma pastillas de goma

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Childfree porque SÍ

Ya basta de demonizar social y personalmente a las mujeres que no queremos tener hijos. En mi caso fue una elección muy temprana motivada por una autoconocimiento profundo, ligado a una férrea coherencia personal. La felicidad no nace en el paritorio y la que crea que un hijo va a solucionar su infelicidad se equivoca de pelo a rabo: la autorrealización pasa por el cerebro, no por el útero.

No es más feliz el que procrea sino el que crea. El problema es que no todos pueden crear, en cambio casi todos pueden procrear incluso sin intervención del amor ni del humor (los bancos de semen no son de risa). Sin embargo, hay seres humanos que no tenemos ni pizca de interés por perpetuar nuestros genes, pero sí por alimentar y enaltecer nuestros talentos y dones naturales.
En mi caso, jamás entró un hijo en mis ecuaciones vitales. Nunca sentí que ser madre fuera conmigo en ningún aspecto, ni físico, ni mental, ni emocional. No necesito el amor incondicional de un hijo porque tengo el de mi pareja, el de mis amigos y el de mi familia que me ADORAN. Que me llamen mamá me la refanfinfla y la sola idea me da náuseas matinales. Aunque muchos amigos me han dicho que sería una madre estupenda, me conozco lo suficientemente bien para saber que eso no es verdad. Sería una madre muy cachonda, original, extravagante y única, pero no buena. Las nieblas y tinieblas que me rodean sofocarían a mi vástago como si metiera la cabeza por una grieta de Fukushima.
Un hijo me amargaría la vida hasta la tumba. Y ya bastante me la amargo yo para además tener el morro de proyectar mis insatisfacciones sobre cualquiera otro personaje que no sea los Rolling Stones.

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Además yo no viene al mundo diseñada psicológicamente para la maternidad: no tengo paciencia, no soporto los gritos ni las carreras por doquier rompiéndolo todo como un Little Terminator (empezando por los pezones y terminando por las pelotas); no tengo ningún interés en educar ni aleccionar a nadie ni nada, tenga 4 años o 44; las edades tempranas del hombre me ponen (y pusieron) los pelos de punta: la infancia me deprimió crónicamente y la adolescencia me hizo desear la muerte como un mal menor. No quiero volver a vivir esas experiencias en carne ajena, NI BORRACHA.

No son sólo handicaps mentales lo que me han motivado a no ser madre. Mi cuerpo tampoco ha querido. Sólo de pensar en tener un alien sapiens creciéndome en las tripas, que me raje el coño al salir, me produzca almorranas y me haga sangrar los pezones cual vaca lechera, me da pavor, horror, terror. Recuerdo un comentario que me hizo una excolega de trabajo embarazada de su tercer hijo cuando le pregunté con cierta sutileza cómo es que seguía procreando tan alegremente. Me respondió: “Mi cuerpo necesita estar embarazado”… No pude salir de mi asombro ni en aquel momento ni ahora recordándolo. ¿Qué cuerpo de mujer en su sano juicio puede sentir eso? La mujer y su cuerpo serrano son el alimento del alma masculina, la inspiración del hombre inteligente que aspira a la libertad gracias a nuestro amor. El problema es que muchas, demasiadas, excesivas mujeres usan su cuerpo para amarrar al macho haciéndole hijos no deseados, en lugar de amarle libre y libertinamente sin obligarle a ataduras posgenéticas.

Me da más miedo esta foto que Jack Nicholson con cuchillo de matarife

Me da más miedo esta foto que Jack Nicholson con cuchillo de matarife

Toda esta disertación personal viene porque leí un artículo en El País que trata sobre la no maternidad por elección , fenómeno en alza en las sociedades del primer mundo.
En inglés se ha acuñado un término que me encanta: childfree, libre de hijos, como libre de conservantes o pesticidas. Geniales los anglosajones inventando palabras que describen a la perfección el concepto. Hay otra etiqueta similar pero no idéntica: Childless, personas sin hijos aunque no voluntariamente. Para que no haya equívocos entre los que no quieren y los que no pueden procrear, se emplea “Childless by choice” (Sin hijos por elección). Busqué el concepto en la Wikipedia y encontré un artículo bastante extenso que incluye a San Agustín y los Cátaros que afirmaban que la procreación era un designio del diablo no de dios, pues la carne apresa el alma y traer hijos al mundo era hacer prisioneros espirituales. Interesante argumento, aunque desfasado y anacrónico.

Me apetece destacar algunos aspectos de esa entrada de la Wiki. Primero, las razones para no ser padre que son un montón por eso sólo voy a exponer las que me identifican:

– El desagrado o disgusto que producen los niños, su presencia y comportamiento.
– Los cambios que la presencia de niños produce en la vida cotidiana, las relaciones de pareja, familiares y de amistad.
– La falta de instinto maternal y/o paternal.
– No querer sacrificar tiempo para el cuidado y atención de los niños.
– Percepción o incapacidad real para ser un padre responsable y paciente.
– Mantener el mayor grado de libertad de elección personal.
– Mantener la posibilidad y capacidad de cambiar de estudios, ciudad de residencia, trabajo, etc. tanto a corto plazo como a largo plazo.
– El miedo y/o repulsión hacia el estado físico del embarazo, el miedo al parto y la recuperación posterior (tanto física como social). Hipocondría y pánico al embarazo y a las dolencias derivadas de él.
– Es un error traer un hijo al mundo si no es deseado, por lo que si no se desea no debe tenerse (y aunque se desee, hay que valer para ser padre).
– Se puede hacer una mayor y mejor contribución a la humanidad sin tener hijos.
– Muchas personas tienen hijos por razones equivocadas.
– Preocupación por la ecología, el medio ambiente y otros derivados de la superpoblación, la contaminación, el calentamiento global y la escasez de recursos naturales.

A esto último debo añadir una nota biográfica. Adoro a los gatos (a todos los animales, en realidad, pero a los gatos especialmente). Recientemente se han muerto mis dos gatos de largo recorrido a los que crié desde los dos meses de vida: Nano con 13 años y Farruca con 16. Desde esa visión antropocentrica-social de la que muchos hacen gala, llegué a recibir comentarios del tipo, “se han muerto tus hijos”, “para ti tus gatos eran tus hijos… como no tienes los tuyos”, etc. NO, NO, NO… Que nadie se equivoque. Mis gatos no son mis hijos. Son animales muy queridos con los que he adquirido el compromiso de por vida de cuidarlos, amarlos y protegerlos. Y como ser vivos y sensibles que son los respeto y admiro, pues en los tiempos que corren no hay ser más desvalido en el planeta que un animal, doméstico o salvaje. Y eso me desgarra el alma. Como cantaba James Brown, “This is a men’s world”: despiadado, brutal y depredador.

Otra cosa que me chirría hasta las trancas es que se asocie la no maternidad con el feminismo. Conozco feministas feroces que habrían vendido el alma al diablo por ser madres. Lo que me trae a huevo el tema del “orgullo genético”. Que digan que somos egoístas los que no queremos hijos me parece de una hipocresía patibularia. ¿Qué hay de esos padres que admiten sin sonrojarse “A mí no me gustan los niños. Sólo me gustan los míos”? ¡Hay que joderse! Lo que te gusta ERES tú, pedazo de narcisista. Personalmente, me importan muy poco mis genes: creo que un genio puede nacer del garrulo más impredecible y de los padres más “posh” salir un tonto del culo sin limpiar. La genética es una lotería y los padres les echan muchos huevos jugando a la ruleta rusa con el caprichoso e impredecible ADN.

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También me encantó descubrir que California es una abanderada en el movimiento de derechos para los Childfrees. Me encantaría vivir una temporada en San Francisco y hace poco le comentaba a mi marido lo maravilloso que sería estar en un condominio o edificio comunitario SÓLO para solteros y parejas sin hijos. Vivo actualmente en un edificio plagado de familias con niños menos de 7 años y es un infierno. Empiezan a gritar a las 8 a.m y siguen a garganta pelada hasta las 21h. Vivo en un patio de colegio y es insoportable. Y es que parece ser que los niños tienen que gritar, pegar y en definitiva ser unos maleducados consentidos y sin disciplina porque sino, se trauman. En fin, todo un tema que no va conmigo pero que tengo que sufrir a diario como daño colateral.

Hooligan el padre, hooligan el hijo... El ambiente define más que los genes

Hooligan el padre, hooligan el hijo… El ambiente define más que los genes

Sin embargo, soy la envidia de mi círculo social; no de mis amigos, que en su mayoría son Childfree como mi marido y yo, sino de los amigos y/o conocidos que se convierten en padres y a los que raramente vuelvo a frecuentar ni tratar. Para mí, han saltado a un esfera de aburrimiento social y emocional con la que ni haciendo esfuerzos consigo empatizar, ni lo intento. Además, noto que de una forma sutil y tangencial, mi libertad les molesta y ofende. En realidad no se dan cuenta de que ellos podrían fácilmente ser como yo. El condón y la píldora está tan a su alcance como al mío. Pero es verdad: nos separa un abismo. Es la brecha insalvable que abre quien es capaz de imponerse al determinismo social, familiar y económico. Porque los Childfree atentamos contra el sistema de pensiones por no aportarle más carne de cañón, pero como yo no la voy percibir ¡que se pudra el sistema! Soy una mujer libre y vivo la vida sin hijos porque los hijos no son mi vida.

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Mis 10 palabras favoritas en Español

Me encantan las palabras, jugar con ellas, casarlas y divorciarlas a mi antojo creando nuevos palabros que me río yo de los dardos de Lázaro Carreter.

Hay palabras tan expresivas que fonéticamente ya revelan su significado o evocan otro diametralmente opuesto. Me encanta buscar significados sesgados o medio escondidos de otras palabras, que como el iceberg sólo muestran la puntita.
Como soy adicta a las listas (Listahólica), aquí dejo para la posteridad una bien facilita de leer y comprender (si hablas español. A un rumano le puede sonar a chino… Valga la estupidez).

1. Retruécano
Suena contundente, malsonante e ininteligible. Igual puede ser un insulto (“Eres un retruécano de cojones”) como una pieza de armamento pesado (“Las balas se obstruyen si está sucio el retruécano”). En realidad es una figura retórica usada profusamente en la literatura universal sobre todo durante el Siglo de Oro español, barroco como pocos. Y es que el retruécano está en frases hechas tan famosas como “Ni son todos los que están, ni están todos los que son”.
Visto lo visto, este recurso viene a unir dos frases que tienen las mismas palabras pero en orden cambiado con el objetivo de contraponer ideas.

Pero para mí como coleccionista de Granjerismos (definiciones absurdas que invento cuando me aburro), retruécano es “Trueque espontáneo de ideas entre decanos rivales”. Ahí lo dejo para los más sesudos.

2. Lipotimia
Lo que viene a ser “pérdida repentina y pasajera del conocimiento por falta de riego en el cerebro”. Es una palabra que según dice mi madre a los tres años yo repetía como un loro, porque se la había copiado a ella que siempre estaba al borde de la lipotimia, la histeria y el ataque de nervios.
En buen Granjerismo es “Timidez (-timia) que sufren algunas personas entradas en grasas (lipo-) quienes se desmayan súbitamente al sentirse observadas”.

3. Alicaído
Este término es tan visual que una imagen la explica mejor que cualquier palabra.

Pájaro loco

Este adjetivo maniaco-depresivo encierra en sus bien elegidas 8 letras una espléndida metáfora sobre la fatiga de todo bicho viviente, ejemplificada en el ave de alas flácidas que yace desplomada (a veces desplumada) del cielo… Hermoso a la par que doloroso.

4. Sílfide
Qué hermosura de palabro. Según la Mitología Centroeuropea, se trata de un espíritu femenino (ninfa) elegante y grácil ligado al Aire, uno de los cuatro elementos generadores de la Naturaleza. Vienen a ser como la hadas de los cuentos infantiles y las elfas de Tolkien.
En mi diccionario de Granjerismos, las sílfides son “Sirenas que han contraído la sífilis de tanto roce cariñoso con marineros del Báltico”.

5. Extravagante
Viene del latín, “andar errante fuera de los límites”. O andar errado, es decir, equivocado. Y es que ser extravagante suele verse por la mayoría como una equivocación, bien de la naturaleza o de la sociedad. Lo extraño, raro, peculiar o excesivamente original da miedo. No vamos a negarlo.

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En buen Granjerismo, se trata de “Individu@ tremendamente vag@, vací@, inútil… Más de lo normal”

6. Anémona
Según el DIG (Diccionario Irreal de Granjerismos), “Anne, joven vascuence realmente mona que sufre anemia, protagonista de la Saga romántico-borroka “Aflorando entre dudas nacionalistas” de la autora vasco-francesa Corinne Extremadura.
Por extensión y analogía, “dícese de toda joven adulta en edad de merecer pero de salud frágil y delicada”. Es decir, una bella flor de invernadero de mírame y no me toques.

En mi imaginación refrita en la niñez por los rayos catódicos, las anémonas marinas son las Fraggles Rock del océano, con esos pelos medio de planta, medio de animal. No se puede ser más tierna.

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7. Sístole
Suena tan dulce como un mariachi enamorado. De hecho, parece una contracción exclamativo-exaltada de “sí + tío + dale”. Pongámonos en situación. Digamos que por un avatar surrealista, me encuentro con Viggo Mortensen un día de estos y él muy amablemente me comenta, “¿Quieres tomarte una copa conmigo?”. Respuesta instintiva: “SÍSTOLE, SÍSTOLE” (al borde del paro cardiaco).

Fantasías animadas aparte, sístole es al corazón lo que una caricia al sexo: VITAL. Sin sístole, la sangre ahoga irremediablemente el corazón Mala forma de morir, incluso para un romeo de tiros cortos.

8. Melifluo
Del latín, “que destila miel”, más empalagoso que el dulce de leche e igual de pegajoso. Es una palabra que fonéticamente me encanta porque parece fluir como un río de ambrosía por la lengua de un rapsoda. Pero semánticamente me asquea; siempre la he asociado a gente cursi en modos y habla. Sobones de todos los tamaños, zalameros sin remedio y melosos de doble filo. ¡Líbreme Dios de los melifluos que de los sobrios me libro yo!

9. Desasosegado
Aliteración pura y dura. Esas eses hacen estragos en mi mente.
En granjerismo, viene a ser “campesino expulsado de la siega por su falta de aseo”. Y a tenor de esa expulsión, el desasosegado queda ídem, sin sosiego, quietud, descanso, tranquilidad. En realidad, deberíamos dejar de decir “estresado” y adoptar poéticamente “desasosegado” como a un lindo gatito.

10. Antimonio
Según el DRAE, “Elemento químico de número atómico 51, duro, quebradizo y de color blanco azulado; escaso en la corteza terrestre y aleado en pequeñas cantidades con diversos metales, les da dureza”.
Para mí el Antimonio es un exorcista de tomo y lomo, un matasatanes, un antidemonios. De hecho, si te encuentras un diablillo recién salido del horno con tirarle un pedrusco de antimonio a la cabeza lo dejas fuera de juego.

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Hay muchas más en mi saco de palabras esenciales, pero esto no es el María Moliner. Lo bueno es que haciendo esta compilación me he dado cuenta de que me chiflan las palabras con m, n, s, l. Son las letras que más he puesto.
Y a ti, ¿qué palabras te ponen más?

No tengo depresión: soy así (Parte I)

Llevo años con sufriendo depresión crónica, esa que vino para quedarse y sólo te deja tranquila cuando le das su pastilla. Pero todos estos años de experiencia depresiva e introspección autoanalítica me han convencido de un hecho irrefutable: No tengo depresión. Soy así

Desde la primera regla, la depresión es mi compañera de juegos… salvajes. Me pasé la adolescencia debatiéndome entre la histeria y el mutismo, pasando de la euforia grupal a la fobia social en un mismo día.
A los 13 años mi madre sugirió llevarme a un psicólogo pero me negué rotundamente: un desconocido no iba a hurgar en mi tierno cerebro como un doctor Frankenstein fascinado por la monstruosidad de mi neocórtex. Así que pasé como pude la pubertad, encerrada leyendo todo lo que tenía a mano y descubriendo los tormentos psicológicos de Nietzsche, Kafka, Herman Hesse y Unamuno (entre otros) que no hicieron sino alimentar mi ciclotimia incipiente.
Con ese bagaje intelectual y la fuerza bruta de mi juventud campando a sus anchas, llegué a la universidad.

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Fueron años de desmelene y me lo pasé bomba: en vez de fármacos, hubo alcohol a granel que funcionó la mar de bien en mis periodos de desasosiego y melancolía. Vivía de noche y dormía de día, no iba a la facultad (aún así me licencié en los 5 años de rigor) y estaba seca de tanta marcha, discoteca y malabuena vida. Era muy consciente de que ese periodo era breve y lo exprimí al máximo. No quería reintegrarme a la vida real pues no me interesaba nada lo que se proyectaba para mí: filóloga hispánica abocada a dar clases de secundaria a descerebrados en un instituto gallego hasta jubilarme. ¡Pesadilla a ojos abiertos! Ni me gustaba dar clases ni vivir en Galicia. Me ahogan las capitales de provincia, mucho más los pueblos, y la literatura era para mí una válvula de escape, no materia de enseñanza para tarugos.
Deseando vivir en la Tierra Media de elfas en transparencias y escaparme de la Galia Ibérica, hice varios cursos de doctorado en Literatura por la UNED de Madrid y un Máster de Guiones en Barcelona.

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Me encanta estudiar pues es una actividad privada y solitaria, pero al encontrarme en la necesidad de ganarme la vida en una metrópolis (Barcelona) donde no tenía familia y pocos amigos, mi cerebro entró en cortocircuito: la sociedad me abrumaba, la gente me aburría, el alcohol me confortaba y la literatura y la música eran mi único soporte. Me colapsé y tuve que ir de cabeza al psicólogo. Tenía 26 años cuando me encontré por primera vez con una psicoterapeuta; en realidad una arquitecta venezolana malreciclada en psicóloga de medio pelo. De hecho, la señora estaba más tarada que yo, porque de haber sido una auténtica profesional, al presentarle mi cuadro psicobiovivencial tendría que haberme derivado de urgencia a un psiquiatra “pata negra” que me indujera a la felicidad artificial del antidepresivo como primera medida preventiva.

"Dame veneno que quiero vivir"

“Dame veneno que quiero vivir”

Pero la psicología es un negocio como otro cualquiera, así que me hacía hermosos Diagramas de Venn sobre arquetipos del padre, el hijo y el adulto basados en no sé qué corrientes de análisis transaccional que en Barcelona en los 90 debían de estar de moda. Llegó a la conclusión de que mi madre era mi problema , que yo era muy valiente, inteligente y sólo necesitaba un empujoncito. Supongo que el empujoncito era humillarme con todas sus ganas, pues en la tercera sesión -mientras yo lloraba a moco tendido- me espetó : “Ay, mira, cómo sufre la pobrecita”. Vi la psicópata que anidaba en ella, así que cogí la puerta y no quise saber más de aquella psicofreak.

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De esa nefanda experiencia generé un repudio generalizado hacia los psicólogos y psicoterapeutas que no pude ni puedo ya vencer. Así que intenté curarme sola y en la siguiente recaída (desde 1999 a finales de 2001), hice lo que pude gestionando mi lado oscuro con placebos hedonistas: cine, gastronomía fina, viajes, literatura de todas las manos posibles, sexo y flamenco hasta la extenuación. Pero no funcionó: el epicureismo no pudo vencer mi desarreglo neurofisiopsiquíatrico. A esas alturas -aunque yo no lo sabía- ya era una depresiva crónica sin diagnosticar: quienes sufren más de tres depresiones agudas en varios periodos de la vida adulta, se les considera crónicos. Eso lo supe quince años después.

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Sin medicación y pendulando entre la necesidad de salir del hoyo, la frustración, la culpabilidad y una autocompasión mórbida, mi cerebro empezaba a sufrir pequeños colapsos de memoria, coordinación de ideas y por supuesto, creatividad. En enero de 2002 mi doctora de cabecera, una sacerdotisa de Asclepio caída milagrosamente en la SS, me recetó antidepresivos por primera vez: seropram y me dio pastillas para dormir. Ella tenía la teoría de que la raíz de mi problema era un exceso de intensidad. Así que me di a las drogas de farmacia y ¡mano de santo! A los tres meses, coincidiendo con un nuevo trabajo, me vine arriba ¡ándele, ándele! Tal fue el éxito que al año y medio dejé la medicación y estaba como una flor: lozana, sana y montana.

"Por esta boquita entran  mil y una pastillitas"

“Por esta boquita entran mil y una pastillitas”

Pero perdí el trabajo por causas ajenas a mi voluntad y en medio año volví al foso. Porque el trabajo no dignifica, pero ¡coño, cómo distrae! He comprobado que estando activa y focalizando la atención fuera de mí los fantasmas se adormecen a las puertas del laberinto interior de una mente hiperactiva. En esta ocasión, los síntomas y conducta fueron diferentes: no lloraba, no perdí el apetito, no me desesperé, aunque la falta de sueño me estaba volviendo una zombie. Se arregló con pastillas, pero el antidepresivo que había tomado antes ya no me hacía efecto. Un psiquiatra de la SS me cambió el Seropram por Dobupal Retard 75 y al cabo de 6 semanas el cielo se abrió y un sol naciente anunció el fin de las tinieblas. Me fue perfecto y nuevamente a mediados de 2009, dejé la medicación y un trabajo tóxico, para darme el gusto de un año sabático.

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Aguanté dos años sin medicarme incentivando el pensamiento positivo, la buena vida (en aquel entonces tenía mucha pasta) y la felicidad convencional. Pero sin nada productivo que hacer, mi cerebro borracho de ocio recayó. Cansada de pastillas y convencida de que el origen de mis males era mi debilidad mental, busqué un evaluador psicológico que me escuchó, sacó conclusiones y me dijo que estaba sana psicológicamente pero que mostraba claros signos de fobia social y un nivel de ansiedad altísimo que debía ser controlado. Me recomendó leer “Cómo controlar la ansiedad antes de que le controle a usted” de Dr. Albert Ellis, una lectura dinámica con ejemplos que invitan a la analogía e identificación, pero a mí este tipo de libros no me sirven de nada. Mi autoayuda se genera con el movimiento, la acción e interacción intelectual y emocional, no sentada asimilando conceptos pasivos. Aunque sí aprendo en cabeza ajena, más aprendo en la mía que siempre me sorprende. Pero cuando todas mis fórmulas mágicas de “tirar pa’lante” se evaporaron, la tormenta se cernió sobre mi tercer ojo. Y volví a mi amada doctora de familia, que al verme entrar y oírme diez minutos me recetó de nuevo Dobupal.

Con el tercer ojo irritado, se desata la tormenta

Con el tercer ojo nublado, se desata la tormenta

En julio de 2013, cansada de estar en paro y queriendo cambiar de escenario, llegamos a Montevideo (mi hombre, mis gatos y yo). Yo con mi Dobupal, emocionalmente estable pero no feliz. Tuve que visitar a un psiquiatra privado para que me hiciera recetas cada dos meses pagándole por ello y la medicación un pastizal. Noté que la venlafaxina de aquí (o mi cuerpo en estas latitudes) no me funcionaba bien y volví otra vez a tontear con la melancolía y el insomnio. Dejé a este psiquiatra -que simplemente cobraba por recetarme- pero que me regaló otro diagnóstico pseudopoético: “Eres víctima de tu temperamento artístico“. A pesar de esta perla lo dejé a él y las pastillas en noviembre 2014. Pasé unos meses terribles hasta que en abril de 2015 encontré a una eminencia en Neurociencia y Psiquiatría. Entre su experiencia y la mía llegamos a la conclusión de que NO TENGO DEPRESIÓN.

Pero eso queda para otro post. Demasiados caracteres.

La filantropía mata al filántropo

En cambio la misantropía mantiene al misántropo a buen recaudo, a no ser que el muy mentecato se dedique a instigar a la turba en su contra, pues entonces arderá en la hoguera como Ninot no indultado. Quien comparta con la humanidad un gran saber, que se prepare para el martirio.

Hace un par de semanas leí El asesinato de Pitágoras, novela histórica de Marcos Chicot que recomiendo por entretenida, bien estructurada y excelentemente documentada, y desde entonces ando cavilando en lo peligroso que resulta para el individuo inteligente, independiente y original revelar su saber. Verbigracia, Pitágoras, que se equivocó como la paloma al granjearse la envidia de los intelectos mediocres. Su delito imperdonable fue crear, idear, concebir una filosofía de vida que derivó en escuela para elegidos a los que se enseñaba a “hablar” con el universo de tú a tú a través de la abstracción matemática, saber restringido a pocos cerebros.

Pitágoras no vale un dracma

Pitágoras no vale un dracma

Al proclamarse en adalid de ese cerrado y elitista grupo no es de extrañar que Pitágoras -primero en hablar en Occidente de la música como paliativo de las emociones, de la transmigración de las almas y el vegetarianismo- fuera quemado vivo. No es difícil encontrar analogías entre el dramático destino del sabio de Samos y otros genios e iluminados que al dar sus enseñanzas al mundo recibieron la muerte por pago: Sócrates, Jesucristo, Hipatia de Alejandría, Séneca, Copérnico, Servet, Martin Luther King, Gandhi… No todos se pueden considerar filántropos, sino más bien revolucionarios intelectuales y altruistas que debieron callarse la boca o reírse de la humanidad en la soledad de sus cuartos de baño.
Y es que, aunque para algunos sea difícil de asimilar, la evidencia es flagrante: la humanidad -como género, raza, especie- no se puede salvar por una razón tan evidente como dolorosa: NO SOMOS TODOS IGUALES. Mientras haya listos y tontos, sensibles e insensibles, tacaños y generosos, buenos y malos… sólo podrán trascender sus límites contados individuos capaces de diluir su ego como azucarillo en aguardiente y unirse al todo como Scarlet Johansson en Lucy.

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El resto pereceremos en la hoguera de nuestras fútiles y absurdas vanidades proclamando a gritos verdades indigeribles para el grueso de la tropa. Sin embargo, hay una forma de salvar el pellejo: hacerse el tonto, el loco, el incompetente. Como mi héroe DIÓGENES LAERCIO, el homeless que vivía en un tonel de mierda hasta los bordes. Este filósofo excéntrico fue el primer reciclador y okupa documentado y -como todo hippie- en su época no fue considerado un “peligro”. Y lo fue: anarquista en toda regla escupió a los pies del sistema y se cagó (literalmente) en las bases fundamentales de las polis: esclavitud social, tiranía moral y sofismo educativo. Con su modo de vida, predicando con el ejemplo como sólo hacen los filósofos verdaderos, se convirtió en el máximo exponente de la escuela cínica, derivada sesgadamente de las enseñanzas socráticas. Gracias a que su mala vida fue ejemplar, la filosofía estrafalaria de Diógenes no cayó en tonel roto y se filtró gota a gota en la cultura occidental desde el medievalismo, al barroco y la edad moderna aderezando elegantemente la obra de Shakespeare, Oscar Wilde o Dorothy Parker, mi heroína.

Diogenes a vela

En Diógenes, el sabio loco, agresivo e intratable, veo el germen del arquetipo del cínico-misántrópico más famoso de la cultura pop de principios del siglo XXI: el Dr. Gregory House. Un misántropo brillante con una chispa de Asperger que encaja como anillo olímpico en la máxima categórica que proclamó el mismo Hans Asperger: “Al parecer, se requiere un chorrito de autismo para el éxito en la ciencia o en el arte”. Y sí, House es un ejemplo radical de ausencia absoluta de empatía por el ser humano al que contempla como receptáculo de estimulantes enigmas médicos que él y sólo él debe desentrañar. Obsesionado por la enfermedad y no por el enfermo, por las causas del dolor no por alivio del paciente, encuentra soluciones tan ingeniosas en la medicina moderna como el teorema de Pitágoras en su época. Pero es un “apestado social”, un solitario que sobrevive cojeando al desprecio por sus congéneres que proyecta constantemente sobre su entorno hostilizado.

dr. house

Yo también soy misántropa irreversible: considero a la humanidad la especie más imperfecta, desagradable (cuando no terriblemente fea) y mezquina del planeta que merece irse de cabeza a la mierda. Empezando por mí, que ostento el mismo apego a la vida que a la muerte y no tengo inconveniente en irme ya al carajo dejando piedrecitas por el lado oscuro de la vida para guiar a otros desencantados de su raza. Mi sueño húmedo y recurrente es vernos ascender a todos a una como rebaño fuenteovejuno hacia el centro de un ávido agujero negro que gustosamente nos absorba como los insignificante truños de ovino que somos.
Como creo que ya estoy tardando, chau, me voy. Nos vemos al otro lado del váter galáctico. Tirad de la cadena al terminar de leer.

váter galáctico

De mayor quiero ser musa

Pero no una musa cualquiera de peana y pantalla plana, de pies de barrio bajo, famosa por sus gritos televisivos. Quiero ser una harpía con piel de ángel y voz de sirena, una fuerza irresistible de la naturaleza, una moira empática, labradora de artistas perdidos. Pero no encuentro plaza por el INEM.

Atención: No confundir musa con diva, es como tomar una piedra de río por diamante. La diva se cree divina, la musa lo es. Partiendo de la base de que todos somos hijos de Dios, divina ya soy. Así que como ninfa inspiradora, tengo el 50% ganado. Aún así, la carrera de musóloga me parece difícil y no apta para todas las mujeres públicas (es decir, las que se publican).

Lo más cerca que he estado de ser una diosa de las artes fue en Florencia cuando contemplando en la Galería Uffizi El nacimiento de Venus, obra maestra de Sandro Botticelli, mi marido me susurró al oído: “Tu cuerpo es como el de ella”… Ayyyyy, qué mal me sentó. Barrigona, muslona, tetas de 85… ¡Soy un molde desproporcionado del siglo XV, apto para inspirar un burlesque!

Tápate con el pelo todo ese vello. O pásate, Venus, la venus de Gillette

Tápate con el pelo todo ese vello. O pásate, Venus, la venus de Gillette

Podría haber sido peor. Lo hubiera matado de compararme con la Venus de Urbino (que parece preñada de 4 meses), con cualquiera de las tres (des) Gracias de Rubens o con una de las rollizas de Botero, quien afirmaba a voz en cuello: “Yo no he pintado una gorda en mi vida”. Sin embargo, Simonetta Vespucci fue todo un personaje. Sólo vivió 23 años, tiempo más que suficiente para ser glorificada en la plenitud de su juventud, no sólo por su amantísimo Botticelli, enterrado a sus pies en la Iglesia franciscana de Ognisanti en Florencia, sino por Piero di Cosimo como Cleopatra y por Ghirlandaio en la Madonna de la Misericordia. Sospecho que fue una mujer liberal en lo sexual, pues en esa época una señora casada y decente enseñando todo lo rubio, no creo que fuera socialmente aprobado, ni siquiera en el renacimiento más platónico.

Piero di Cosimo casi se la comió.

Piero di Cosimo casi se la comió.

De todas formas, no es esa la musa que desearía ser, entre otras cosas porque de bella tengo poco, de joven menos y de platónica sólo me quedan los ojos cuando me asusto. Sólo aspiro a ser una musa activa, sopladora de ideas nuevas a oídos atentos y perspicaces, a hombres que saben lo que vale una mujer, más que una misa y que L’oreal. Quiero ser lo que George Sands para Chopin, Frida Kahlo para Rivera o Zelda Fitzgerald para Francis Scott. No quiero ser una Alma Maller, ni una Yoko Ono, mucho menos una Gala de Dali. Amantes corrosivas, algunas beldades, otras feas como diablesas, con instinto destructivo y loca sexualidad recubierta de intelectualidad.

Si esto es una musa, yo soy Tarzán

Si esto es una musa, yo soy Tarzán

Ya que mi talento no me da para ser Dorothy Parker, ni Susan Sontag o Ana María Matute, sueño con caerme por una agujero de gusano en el Londres victoriano y acabar en los brazos de los Prerrafaelitas, artistas fascinados por las leyendas, la Edad Media y el romanticismo.
Sus musas eran sus esposas y amantes, la mayoría de ellas no sólo bellas sino artistas y poetas. Envidio a Elizabeth Siddal, mujer suicida de Rosetti, a Jane Burden, anodina muchacha de los bajos fondos que enamoró a William Morris, y a Julia Prinsep Jackson, madre de Virginia Woolf y esposa del escritor Leslie Stephen.

Princesa Sabra o Leia, tanto da siendo princesa....

Princesa Sabra o Leia, tanto da siendo princesa….

Ay, qué feliz sería yo, dioses olímpicos, si consiguiera inspirar a otros lo que yo misma no soy capaz de inspirarme. Me conformo con ser la chispa vital de cualquier cosa: una calcomanía, un garabato, una caja de cereales a lo Warhol. Incluso una cagada enlatada como las del Modern Tate. Prefiero ser una pieza de museo a ser simplemente una “buena pieza”. Si alguien por ahí, busca una musa a tiempo parcial, me ofrezco encantada. A cambio sólo pido la inmortalidad.

inmortalidad

Premios Blogueras Salerosas.

Me muero de risa y de gusto a la vez. ¡Viva David Torres, más altas cayeron!

¡La cosa está mal!

Con motivo de la publicación de mi entrada número doscientos. He decidido instaurar los premios Blogueras Salerosas no sólo para conmemorar tal efeméride sino para destacar su trabajo y la interrelación que tienen conmigo. Sí, son unos premios muy parciales, pero este es mi blog y hago lo que quiero. Las ganadoras de esta edición (probablemente la única que habrá) son:

Yo_mismo_Oro

El “Yo mismo de oro” va para…  Isabel de la Granja.

Autora de los blogs Pago por trabajar, Gotasdeduchacida e Increíble y no cierto, ha sido  para mí un ejemplo a seguir por su ingenio y su dominio del lenguaje. Siempre sus agudos comentarios, son mejores que la entrada mía que los provocó.

El “Yo mismYo_mismo_platao” de plata va para… H. Ema.

La autora de Huellas en mi alma, ha entrado como un ariete en mi percepción del mundo, gracias a su visión femenina de…

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