Democracia, gobierno en modo “demo”

La democracia NUNCA fue el gobierno del pueblo, ni para los griegos ni para los Padres Fundadores de los EEUU. Era el gobierno de unos pocos que sabían lo que se hacían.
Ahora ya ni eso…

Cada vez que escucho la palabra “democracia” en la boca de uno de esos que se autodenominan “políticos” me entra retortijón de estómago. La democracia actual, sobada, malinterpretada y vilipendiada es la puta del pueblo: todos la quieren usar a su antojo cuando les conviene.

Pero la democracia nunca fue el gobierno del pueblo, ni siquiera en sus orígenes atenienses e ilustrados. Platón advirtió sobre ella, arma de doble filo, gobierno sibilino que es a la vez veneno y antídoto de las masas. En su obra Politeia, Gobierno de las Polis mal traducido como La república, expuso y analizó varias formas de gobierno vigentes en las Ciudades-Estado de la época.

Según su análisis, el régimen más perfecto era la Aristocracia, es decir, el gobierno de “los mejores” (aristoi-). Nada que ver con la aristocracia de hoy que arranca del vasallaje al servicio de reyes y señores feudales tanto en la paz como en la guerra. Esa aristocracia es un residuo medieval parejo a la monarquía, ambas trasnochadas, obsoletas e inútiles en la política actual.

Éramos todo cabeza por eso la perdimos…

Los mejores según Platón eran los filósofos, los amantes del saber, los sabios. El filósofo griego era un personaje extravagante, ocupado en investigar lo universal, lo humano y divino, y por tanto no parecía el individuo más idóneo para dirigir un estado ciudadano. Pero para Platón la ciudad ideal debería ser gobernada respetando la suprema Idea de Bien, Verdad y Justicia, y a su entender los únicos que alcanzaban a aprehender esa idea, y por ello legitimados para llevarla a la práctica, son los filósofos.

¡Voto a Sócrates manque muera!

Para no convertirse en una tiranía intelectual, este gobierno debía ser ejercido por varios filósofos durante un corto período de tiempo, para evitar todos los males que genera la persistencia en el poder. Aunque este sería un modelo óptimo de gobierno, los filósofos podía caer en dos terribles trampas en el ejercicio de su régimen: la demagogia (conducir a las masas apelando a las emociones y bajos instintos en lugar de a las ideas puras) y el sofismo, escuela de filósofos que utilizaban el saber con fines lucrativos prometiendo imposibles a una auditorio ignorante y crédulo.

La segunda forma de gobierno más recomendable según Platón sería la Timocracia,
el gobierno de los hombres de honor (timé-), es decir de los valiente y guerreros, una forma de gobierno con sus ventajas e inconvenientes. La ventaja es que el honor de los militares es noble y respetable, pero los hombres de armas son de alma irascible y carácter impulsivo, por lo que tienden a tomar decisiones rápidas e imprudentes. No es una forma de gobierno mala, siempre que no degenere en un grupo cerrado y privilegiado más interesado en las riquezas y el poder que en el gobierno ideal.
Además, corre el riesgo de adquirir carácter hereditario donde las generaciones posteriores -ya acomodadas- hayan perdido el sentido original de valentía, honor y austeridad en pro del bienestar personal.
De esta forma, la Timocracia degenera en una Plutocracia,(ploutos- riqueza), el gobierno de una oligarquía adinerada que nada tiene que ver con las clases de los guerreros y de los sabios.

Soy el Presidente de la Timocracia: un timo sin pizca de gracia.

La Oligarquía es una forma de gobierno desigual y materialista que ha perdido la Idea del Bien Supremo: “Cuando en una ciudad se admira la riqueza y a los ricos, se menosprecia la verdadera virtud y a los buenos.” En este tipo de gobierno, los ciudadanos pobres (los escalones más bajos de la sociedad) se encuentran oprimidos, no participan del gobierno ni tienen una correcta educación.

Si este escalón inferior pudiera acceder al poder estaríamos en un gobierno de Democracia, idealmente de libertad e igualdad entre todos los individuos. Platón sugiere que la democracia podría ser el más bello de todos los regímenes como un manto de miles de colores… pero eso es sobre el papel, un papel de seda que se desmigaja al mínimo roce. Porque en la práctica, según Platón, es una forma caótica de gobierno ejercicio por la multitud en un régimen sin ley, sin organización social y sin autoridad reconocida, que se ha repartido sin ton ni son entre individuos sin dotes políticas, sabiduría y honor. La democracia en ese estado es la pérdida total de los valores y la estabilidad social.

Y es que la democracia ateniense no era en absoluto, “el gobierno de todos”. Era SÓLO el gobierno de los que tenían derecho a voto: varones adultos ciudadanos atenienses por varias generaciones y efebos (con la mili hecha). Esto excluía a la mayoría de la población: esclavos, niños, mujeres y metecos, residentes extranjeros. Tampoco podían votar los ciudadanos endeudados o con causas legales pendientes.
El cambio más importante en los siglos V-IV a.C. es que no era necesario ser rico o propietario para acceder a la ciudadanía, sólo se debía pertenecer a una fratria, una especie de hermandad ancestral que arranca en los siglos oscuros (antes de Homero). De estas fratrias procedía la clase social emergente con derecho a voto: el demos, estamento formado por los artesanos y campesinos con tierras. Así que textualmente «democracia» significa «el gobierno de los artesanos y campesinos», la clase trabajadora en definitiva, los burgueses del futuro.

Nosotras no votamos pero gobernamos

Aquella democracia se adecuaba a las clases y necesidades sociales de la Atenas de su tiempo. Sin embargo, estoy de acuerdo con los griegos de Pericles: no todos deberían tener derecho a voto, sólo los “sabios”, los hombres de honor, los que demuestren tener cerebro para hacerlo. Propongo que para poder votar se pase un psicotécnico de cultura general y urbanismo, de conciencia social (que implica haber vivido y leído) y de ética (que implica haber sido educado). No es tan difícil de implementar: es necesario para conducir un coche, ¡cuánto más para conducir una nación!

Votantes de todos los colores pero con cabeza

Y es que el gran peligro al que se enfrenta la democracia cuando la turba accede a las urnas es la Oclocracia, gobierno de la muchedumbre, de las masas con una voluntad moldeada, viciada y perjudicada por la demagogia. Este régimen carece de capacidad de autogobierno pues el pueblo ya no está formado por “ciudadanos” sino por un rebaño informe, deforme y desinformado. Así lo afirmaba Polibio, historiador griego del siglo III-II a.C. al que siguieron otros grandes pensadores: Aristóteles, Pericles, Sartori, Juvenal, Shakespeare, Lope de Vega u Ortega y Gasset, gobierno que denominó “hiperdemocracia”. La oclocracia rige a un pueblo caprichoso, embrutecido y moldeado con propaganda y demagogia por unos dirigentes de baja estofa que han dado al pueblo pan justito y circo a raudales.

“Los políticos oclócratas, DEMÓCRATAS DEGENERADOS, fingen un interés genuino por la marcha del país cuando su finalidad real es mantener el poder personal o de su grupo oligárquico, apelando a emociones irracionales mediante estrategias demagógicas como la discriminación, el fanatismo y sentimientos nacionalistas exacerbados; el fomento de inquietudes irracionales; la creación de deseos injustificados o inalcanzables… Todo ello para ganar el apoyo popular y el control de la población. La apropiación de los medios de comunicación y de los medios de educación por parte de dichos sectores de poder son puntos clave para quienes buscan esta estructura de gobierno, a fin de utilizar la desinformación. Así se mantiene un dominio sobre las masas creando la ilusión de un poder legítimo constituido por la voluntad popular. Sin embargo, tal y como asegura Rousseau en El Contrato Social falta la piedra angular: ciudadanos conscientes de su situación y sus necesidades, con una voluntad formada en la pluralidad de ideas y decisiones que permitan ejercer su legitimación de forma plena. En la oclocracia la legitimidad otorgada al pueblo está corrompida por la demagogia política”.

Palabras de Wikipedia, pero parece que habla de nuestra democracia, esa que en tantos cartelitos anda por la calle con letra escarlata. Pero, ¿por qué le llaman Democracia cuando hablan de Oclocracia? Su hermana obtusa y degenerada que irremediablemente deviene en revolución de la turba, es decir, de gente turbada, confundida, desubicada. Platón advierte que sólo hay un paso de la oclocracia a la Tiranía, el peor régimen en la escala de gobierno: el del usurpador, (tyrannos-), el gobierno del despotismo y de la ignorancia, dominado por las pasiones de la parte más baja del alma, que termina en actos de crueldad y brutalidad. Robespierre y su “reino del terror” o Stalin y su paranoia bolchevique son tremendos ejemplares.

Stalin votándose a sí mismo… ¡Qué tierno!

En estos 25 siglos de civilización, cultura y mandatos no sólo hemos sido incapaces de establecer el mejor de los gobiernos, el de los sabios, sino que hemos caído en la bajeza del gobierno de los lerdos, de cretinos no diagnosticados, de demagogos de plumero en mano, de nuevos ricos por nepotismo y malversación, por inútiles intelectuales y políticamente malformados. Estamos en una Anoetocracia, el gobierno de los necios e insensatos(anoeto-), una conjura en toda regla contra la inteligencia, la ética y la justicia.
Nada puede hacerse ya porque los sabios, igual que muchas otras especies amenazadas, se están extinguiendo.

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Para instruir, una institutriz

No creo en el sistema educativo institucional. Tampoco en las escuelas experimentales. Me escama la educación grupal, aunque sea en clases reducidas. Para formar individuos únicos, abogo por formarlos uno a uno, en privado y con lupa.

Yo misma soy un producto fallido del sistema educativo privado español de los años 70 y 80.
Antes de ir al colegio (tenía unos 5 años) era una niña feliz, abierta, simpática y sociable. Bastó un curso en una clase de parvulitos en un colegio de monjas para volverme vergonzosa, insegura, agresiva. Con los años, me hice más introvertida, acomplejada y asocial lo que terminó degenerando en “fobia social”, misantropía y en el aspecto artístico, un miedo escénico que me impide aún a día de hoy subirme a un escenario, estrado o palestra de cualquier tipo.

Los grupos de más de tres personas me dan pánico y mi reacción es huir como gacela de las llamas. Cuando tenía ocho o nueve años, mi madre pidió una entrevista con el Director del Conservatorio de Ourense para que me diera una plaza, dado mi oído musical, ritmo y voz. Recuerdo de esa entrevista varias cosas: primero, que monté un pollo del 15 para no asistir. Me llevaron a rastras y hecha un mar de lágrimas. Aquel buen hombre me hizo una serie de pruebas musicales (no recuerdo qué) pero le comunicó a mi madre que tenía plaza en segundo de solfeo y no sé qué más materias, si quería. En definitiva, que me metía en varios grupos con niños desconocidos de todas las edades. Me puse a gritar como si me estuvieran torturando con hierros al rojo y salí disparada de la sala a la voz de “No quieroooo, no quierooo, no quierooo”. Al llegar a casa, mi madre intentó razonar conmigo, pero el miedo no razona. Mi respuesta fue tajante: “Ponme un profesor particular. No quiero salir de casa”.

Machácame lo que quieras, pero en privado

No era la primera vez que se lo pedía. A los seis años, con dos de experiencia de colegio, le pedí a mi madre que contratara una institutriz como la Señorita Rottenmeier por la que sentía un instintivo respeto. No es que me gustara su cara de amargada, su histeria de menopáusica virgen a su pesar, ni el arquetipo de solterona decimonónica, paria social por no proporcinar carne nueva a la patria. Me identificaba con ella a un nivel casi profético, pues siempre pensé que era más complicado instruir que parir, acto que toda criatura de la naturaleza hace a diario sin aplauso público.

Para instruir hay que ser instruido. Parece una perogrullada pero no lo es. Sobran maestros y profesores mal educados, escasamente formados y con una cultura muy rasa. Y esos interfectos moldean los tiernos cerebros de influenciables criaturas a los que pueden deformar de por vida y sin reparos. Es decir, sin reparación. Si yo hubiera tenido hijos, los habría educado YO en casa. Estoy cualificada para enseñar lengua española, literatura, historia universal y del arte, latín, griego clásico básico, geografía física y política, gastronomía, cine, música y manualidades de todo tipo.
Porque un buen institutor (bien lo saben los franceses que son los prioneros en esta forma de enseñanza en el siglo XVIII) potencian las fortalezas de cada individuo y no se preocupa por sus debilidades porque no vale la pena perder el tiempo en eso: Un olmo nunca dará peras. Para eso están los perales.

Si un niño tiene dotes para dibujar, que dibuje. Si quiere bialar, que se ponga en danza lo antes posible. Si tiene un cerebro analítico, se le enseñan matemáticas y física. Si es sensible con los animales, zoología y biología. Si es empático con las personas, antropología y pedagogía (en la psicolgía no creo). Y si no le gusta el colegio, ¡QUE NO VAYA, COÑO! No es nada beneficioso para un crío codearse con garrulos, futuros maltratadores y otras faunas demoníacas. Si quiere tener amigos, que empiece con los hijos de tus amigos. No puede haber un orden más natural que tu entorno social elegido por ti a conciencia, controlado por tus afectos y afinidades. Y si por motu proprio el niño decide autoreforzarse con clases extraescolares, adelante. Si es autodidacta, déjale a su bola. Pero, por favor, que pueda elegir. Si tu hijo llora como un madaleno cuando tiene que ir al colegio, por Dios bendito, no lo lleves sólo porque es “lo normal”. Lo vas a estropear sin remedio, sé lo que me digo.

Además el éxito del sistema educativo doméstico, Homeschooling, ya está dando sus frutos.
En EEUU la universidades privadas más prestigiosas se rifan a estos jóvenes “alternativos” y en América latina se ve como una solución al bulling. En España, ya se constatan miles de casos de educación en casa en oposición al sistema tradicional que claramente no funciona.

Además, habría otra ventaja adicional en el homeschool. Puede que no tengamos dineros para pagar a una maestra ilustrada o nosotros mismos no podremos, pero todos tenemos unos abuelos, tíos abuelos, primos lejanos, padres de amigos, etc. jubilados que andan arrastrando los pies de obra en obra y estarían encantados de ser útiles a los que vienen por detrás. Sólo le veo beneficios a esta interacción. Uniaríamos la tercera generación con la primera en un vínculo más sólido que el familiar: el conocimiento compartido. Saldríamos todos socialmente ganando.

Porque si la sociedad actual está embrutecida, alienada y falsamente abanderada, es una consecuencia dramática de los niños uniformados de ayer, incapaces de razonar, enseñados a repetir de memoria sin reflexionar. Si queremos individuos libre pensantes y capaces de liderar la rebelión de las masas deberíamos comenzar por formarlos como “grumos”, piezas aisladas y sólidas dentro de la masa, destacando por sí mismos. Por suspuesto, cada grumo debe estar en su punto y para ello debe ser cocido a fuego lento, con paciencia y sin acelerar los procesos, dándole muchas vueltas al engrudo. Por eso es necesario ser cocinero antes de fraile.
Si a mí me hubiera educado Arguiñano en lugar de las Monjas Franciscanas, otra gallina blanca me cantaría.

PD: Me ofrezco como Rottenmeier para tus hijos, en versión más sexy y flamenca.
Interesados contactar por privado.
Gracias.

No tengo depresión: soy así (Parte II)

“Cuando Delagranja encontró al Dr. Lista” o Cómo una sujeta supuestamente depresiva descubre que la biografía y la biología son las madres putativas de su destino.

Tal como comentaba en la Parte I, tras mi descenso a los infiernos al dejar los antidepresivos, mi amigo y psicólogo junguiano Diego Durán, buen oyente capaz de meterse en los zapatos de cualquiera -condición básica para un psicólogo, profesión que detesto: demasiada prima donna, autores de libros de falsa autoayuda y superegos que están muy mal de lo suyo pero pretenden curar a los demás- me recomendó encarecidamente que visitara a Álvaro Lista, neurocientífico, médico psiquiatra especialista en depresión y en procesos de envejecimiento. Me costó decidirme, cansada de tener que pasar otra vez por lo de siempre: medicación estándar para depresión in eternum.

Sin embargo, me llevé una grata sorpresa. En mi primera visita, Álvaro me pareció un tipo súper afable, increíblemente inteligente, expeditivo e incisivo. Lo entendió todo a la primera y me dio deberes para casa. ¡Y qué deberes! Un cuestionario médico de cientos de preguntas y una autobiografía emocional que me costó varias semanas completar. Fue terrible tener que abrir de nuevo la caja de Pandora y ponerme por enésima vez frente al espejo y autopsicoanalizarme hasta el aburrimiento. Pero lo hice. Álvaro la leyó con gran interés y mucho, mucho cariño, así como mi blog de nanocuentos demostrando una implicación inusual en un psiquiatra al uso. Pero él no lo es.

Me canta el cerebro que no veas

Me canta el cerebro que no veas

Con todo lo que más me sorprendió -y me pareció un puntazo- es que propuso hacerme pruebas genéticas para determinar si mi depresión era hereditaria o vivencial. ¡Me encantó la sugerencia! Por fin alguien metía el dedo en la llaga, en el origen físico-químico que siempre sospeché causa de mis bajonazos. De cabeza me fui a que me rasparan con esos bastoncillos CSI el interior la boca y someterme a tres análisis rarísimos. A saber:

– Genotipificación del transportador de serotonina (5HTT)- Resultado: Copia corta y copia larga.
– Genotipificación del polimorfismo VAL158 MET del gen COMT – Resultado: VAL/VAL
– Genotipificación del polimorfismo VAL66 MET del gen BDNF – Resultado: VAL/VAL

Dejo ahí los datos para quien los entienda. A mí me sonó y sigue sonándome a chino. Lo único que entendí (según me explicó Álvaro) es que el transportador de serotonina es fundamental para sentir esa euforia y optimismo que ayuda a ver la botella medio llena. El gen COMT, por su parte, está relacionado con la dopamina, sustancia que favorece la sensación de placer. Y el BDNF (Factor Neurotrófico Derivado del Cerebro) es una proteína determinante en los procesos de depresión. Con los resultados y mi relato de vida en la mano, Álvaro concluyó que mi escenario genético no es el peor del mundo pero tampoco el mejor, y que además la forma en que crecí y me crié (mirando siempre hacia dentro y de reojo a las afueras) provocó un tendencia a la ansiedad, el estrés y el miedo, que me fue volviendo paulatinamente melancólica.
Para mi tratamiento, Álvaro diseñó un plan terapéutico completo con varias líneas posológicas:

1. Estrategia antidepresiva con Duloxetina 60mg.
2. Estrategia Ansiolítica No sedativa con Risperidona, que dejé al año.
3. Estrategia Neuroprotectora (todo natural) con Superomega3 y Vitaminas B6, B9 y B12.
4. Estrategia Cronobiológica con Melatonina 5mg.

En mi segunda visita, le hice al Dr. Lista la pregunta del millón: ¿Tengo cura?

Según Millán Salcedo de Martes y trece (al que adoro), “la locura no tiene cura”. Y en cierta manera fue lo que me respondió Álvaro, explicándome algo que me dejó ojiplática y patidifuminada varias semanas.
Parece ser que en nuestro proceso de percepción, que determinará la forma en que nos posicionemos ante y en el mundo, existen tres sistemas que configuran el proceso activo de pensamiento, conciencia y experiencia subjetiva individual. Tal y como lo entendí, serían:

1. Sistema Abierto: Es aquel que nos permite aprender cosas a diario, asimilar información y configurar nuevas asociaciones de ideas. Es decir, cambiar y evolucionar día a día. El No te acostarás sin saber una cosa más.
2. Sistema Semi-abierto: El sistema que nos permite aprender de cualquier experiencia sea negativa o positiva y elegir qué postura tomar, resiliente o victimista. Por ejemplo, aunque hayas tenido una mala experiencia amorosa y tu percepción del amor sea negativa eso no quita que mañana quieras/puedas volver a enamorarte.
3. Sistema Cerrado: Este es el Quid de la cuestión, la caja negra del avión, el talón de Aquiles del EGO dañado. Según parece entre los 4 y 18 años más o menos, el individuo crea su visión del mundo, su yo tierno en el que empieza a diseñar un proyección vital sobre el lienzo en blanco de su persona. Este sistema proactivo va confeccionando una sólida red con nudos más apretados que un tango de borrachos que hacia los 18-20 años se cierra herméticamente sin que ningún factor externo pueda ya hacer mella en él; ni siquiera los otros dos sistemas que -como agua y aceite- corren en paralelo sin mezclarse.

Pandora, deja la cajita cerrada que hay cosas que es mejor no saber...

Pandora, deja la cajita cerrada que hay cosas que es mejor no saber…

He aquí la tragedia: si durante la infancia y/o adolescencia nuestro entorno familiar, personal, social, ambiental nos hacen un daño continuo, reiterado y repetitivo como un mantra fatal que nos lava el cerebro, y NO se le pone remedio (con médicos, pedagogos, padres, amigos…), aparece la tara, el trauma, la herida, llámele X que se fosiliza en ese núcleo duro de la personalidad donde nunca más entrará la luz del sol y condicionará nuestra trayectoria personal de ahí en adelante… y para siempre.

Por todo eso, ahora lo sé, no soy depresiva. Y no lo digo yo, lo dice Álvaro Lista y también me lo dijo hace años Adolfo Jarne en Barcelona. Soy una optimista dañada, quebrada (según Javier Couto, amigo y escritor de Sci-fi), de carácter histriónico que funciona como escudo ante un entorno hostil forjado por mis desórdenes neurológicos. Y es porque genética y precozmente mi cerebro sufrió un daño ya irreparable que condicionó para siempre mis niveles de dopamina y serotonina. No hay pues ningún mecanismo de defensa personal (sensibilidad artística, inteligencia emocional, humor negro) que pueden solucionarlo: sólo los antidepresivos me salvan.
Así las cosas, no dejo las pastillas ¡¡¡NI LOCA!!!

Toma que toma pastillas de goma

Toma que toma pastillas de goma

De varones, machos y hombres

Todos los hombres son iguales. ¡MENTIRA! Son todos unos cabrones. HABERLOS HAILOS, pero aprende a reconocerlos y escapa, guapa. Todos quieren lo mismo. ¡SÍ, QUE LES AMEN!

Soy tan Misancrítica como Androafectiva. La energía masculina me fascina y la necesito no sólo como heterosexual raboréxica que soy, sino por lo que los hombres han sido, son y serán en mi vida: los mejores guías y compañeros de camino. Empezando por mi abuelo materno, César Fernández Cortés, amante de los libros y de los periódicos que leía a diario, me inculcó la afición a la lectura, a consultar el diccionario cuando no entendía una palabra y a apreciar todos los detalles de su enciclopedia de la Historia del Arte, que me valió un sobresaliente en COU y el amor de mi profe de arte. Pero tiré por las letras, quizá por influencia de otro profesor (Zabal), que intentó sutilmente animarme a escribir cuando yo no estaba ni de lejos preparada para exponerme. Sin embargo consiguió plantar la semilla.

Antes de escribir, sácale punta a tu lengua

Antes de escribir, sácale punta a tu lengua

Pero aunque el arte y la literatura han marcado parte de mi vida, mi única constante vital desde la infantil es la MÚSICA. Bailaba antes de andar y hablaba cantando como un loro. En materia de ritmo y armonías se lo debo todo a mi tío materno, Carlos F. Lastres. Un tipo con oído absoluto, toca el piano sin tener ni idea de solfeo, la guitarra con un método propio de escalas y la batería con un compás completamente suyo curradísimo a base de décadas de práctica, que como dice el refrán, hace al maestro.
Corre una leyenda familiar sobre la precocidad de su talento. A finales de los años 40, mi familia vivía en Monforte de Lemos, donde mi abuelo era director de una sucursal de banco. Estaban instalados en una casa grande con jardín y azotea frente al único cine de la ciudad. Mi tío -que tenía unos cinco años- conocía perfectamente los horarios de cada sesión cinematográfica y se preparaba para el momento: con dos escobillas de váter sobre una banqueta de hule acompañaba las bandas sonoras de las películas con la seriedad de un baterista profesional.

El toque con el baile entra

El toque con el cante entra

Estas enriquecedoras influencias masculinas desde la infancia han marcado mi preferencia por el sexo fuerte importándome más bien una mierda su inclinación sexual. Es la energía masculina, ejecutiva y proactiva (que pueden tener tanto mujeres como gays y de la que carecen algunos machirulos), la que determina la forma de ver la vida y actuar. Para mí es mucho más importante lo que se hace con el cerebro que con los genitales. Me interesan poco o nada los hombres comunes (no como Ricardo Darín, un hombre común muy poco común), incapaces de crear o producir alguna forma de belleza.
Es por eso, que la mayoría de mis amigos tienen algo en común: creatividad y sensibilidad. Artistas, escritores, poetas, músicos, bailaores, guionistas, ilustradores, cómicos, psicólogos y geeks forman parte de mis amistades más íntimas, son mis sospechosos habituales.

Sospecho que sois muy muy listos

Sospecho que sois muy muy listos

Dejando a un lado el aspecto físico (me gustan los tíos buenos, qué le voy a hacer), he sido seducida y cautivada en más de una ocasión por tipos tirando a feos pero con una cualidad excepcional y rarísima: el SENTIDO DEL HUMOR. Esa predisposición natural para entender la realidad desde el absurdo, de medir la vida por el lado liviano de la balanza y la soberbia capacidad de “hacer el payaso” revela inteligencia, reflejos, recursos psicológicos y sociales. Es un rasgo de espontaneidad física y mental, un dominio intuitivo del tiempo y el espacio para generar climas de distensión, y una admirable capacidad para quitarle hierro al ego. Sólo un hombre que sabe reírse de sí mismo y por contagio hacer reír a los demás, es un auténtico varón, sea gay, guy o chuky.

He conocido a muchas mujeres con un sentido del humor de Cuponazo, payasas a más no poder con una gestualidad y vis cómica de lágrimas; pero en esto como en todo lo demás, prefiero a los hombres. Me hacen más gracia, no puedo evitarlo. Porque cuando los hombres se desmelenan son hilarantes y delirantes; nadie pierde los papeles mejor que ellos, los neuróticos muestran un punto de histrionismo que roza el humor negro más demencial y brillante. Y ni te cuento si tienen fobias. Ejemplo egregio, Woody Allen.

Porque el sentido del humor y la inteligencia son sexy, eróticos, afrodisíacos. Por desgracia, pocos hombres reúnen estas dos cualidades en grado alto y el grueso de la tropa está plagado de energúmenos, machotes, falsos tipos duros completamente inseguros que necesitan llevar una mujer guapa al lado para exhibirla como trofeo y hacen gala de su dinero/poder porque no pueden hacerlo de verdaderas dones, aunque intangibles. Sobran de esos machos mal paridos a los que nadie les ha parado los pies en seco, A estos tipos hay que cuestionarles los cimientos de sus deleznables y frívolas personalidades y situarlos ante el espejo de su mediocridad. Para muestra, un Donald Trump.

¡Qué baño de lejía me voy a dar, madre mía!

¡Qué baño de lejía me voy a dar, madre mía!

Porque los hombres también tienen sus miedos al fracaso, a no ser suficientemente buenos para todo lo que se les exige (que es mucho y a diario). Para ayudarles, sólo se me ocurre darles altas dosis de sentido del humor, encenderles la luz de la sensibilidad y enseñarles a conducirse con una lógica personal sin fisuras. Hasta el más bestia tiene su corazoncito de paja y el más lerdo, un destello de inteligencia natural que puede hacer de cualquiera un hombre de verdad.

De mujeres y otras mujeres

Me declaro misancrítica. Las mujeres somos una historia interminable de guerras internas, puñaladas traperas y fracasos sociales, personales y emocionales…¡POR TONTAS!

En general, no me gustan las mujeres como género. Creo que somos insolidarias entre nosotras; que no entendemos la libertad de acción, arte y carácter de las más valientes; que estamos completamente mediatizadas por nuestra biología y el impositivo casi insoslayable de la procreación, y que las neurosis nos rondan amenazadoramente como buitres sobre cadáver de caballo.
Por todo eso, las mujeres convencionales me aburren mortalmente. No encuentro puntos en común con una hembra cuya máxima en la vida es tener hijos porque sí, marido con posibles, hipoteca porque toca, trabajo de oficina a media jornada para poder consumir, comidas familiares los domingos y vacaciones en el resort de turno vía selfies. No tengo nada que decirle a esas mujeres y ellas no tienen nada que decirme a mí. Les deseo toda la felicidad del mundo pero su felicidad es mi pesadilla.

Prefiero que Freddy Krueger me saque la piel a tiras y se haga un trikini

Prefiero que Freddy Krueger me saque la piel a tiras y se haga un trikini

Por eso tengo más amigos que amigas y estas últimas suelen ser de las que andan por el lado salvaje de la vida: solteras sin fronteras, casadas sin hijos (como yo), alegres divorciadas y lesbianas bien emparejadas. Digo lado salvaje porque sigue siendo difícil en este siglo XXI tener cierta edad y no tener hijos por y a conciencia, ser soltera o divorciada y estar contenta de serlo, ser lesbiana y tener una vida de pareja feliz, estable y envidiable. Aunque tengo amigas de las otras (hetero emparejadas y con hijos) son las menos. Por ser como son adoroooo a mis escasas amigas.

Las viejas amigas mueren sólo de risa

Las viejas amigas mueren sólo de risa

Es por eso que me declaro a voz en grito MISANCRÍTICA. Soy jueza y verduga de esas mujeres víctimistas, manipuladoras, castradoras, histéricas, narcisistas y machistas. Son mujeres que NO se aman a sí mismas, no se respetan, no se conocen. Y por supuesto NO aman a los hombres pero necesitan tenerlos en sus vidas, que no entienden sin el macho. Desafortunadamente a esas mujeres les gustan más los chuloputas que los poetas, los gilipollas que los filósofos, los sinvergüenzas que los vergonzosos… Esas mujeres pueden ser las peores madres del mundo, les rompen la vida a sus hijos convirtiéndolos en tremendos machistas, en narcisistas negativos, en edípicos reprimidos y en misóginos irrescatables. Y a sus hijas las anulan degradándolas a muñecas de trapo abandonadas en un mundo de hombres, aletargadas por la humillación, interpretando las peores versiones de sí mismas.

Quien tuviera un buen guardaespaldas por delante y por detrás

Quien tuviera un buen guardaespaldas por delante y por detrás

A estas alturas del partido, y con tantas bajas entre nuestras filas, es absurdo pensar que todas las mujeres somos iguales, y meternos juntas y revueltas en el mismo saco no sólo es una injusticia y un absurdo, es IRREAL. Somos y nos comportamos como las antiguas polis griegas: envidiosas de la vecina, deseando su mal y ovacionando sus derrotas. Las mujeres podemos ser nuestras mejores aliadas y las peores enemigas. Y eso es un sinsentido fatal que nos ha acarreado históricamente muchos disgustos, tragedias y muertes. A pesar de los miles de sacerdotisas, curanderas, poetas, científicas, druidas quemadas en la hoguera y sufragistas autoinmoladas, o de excelsos modelos de conducta, carácter e inteligencia que imitar -Aspasia de Atenas, Hipatia de Alejandría, Artemisia Gentileschi, Dorothy Parker, Simone de Beauvoir, etc.- no hemos aprendidos nada.

¿De qué me sirve la libertad si no puedo tenerla en mi salón?

¿De qué me sirve la libertad si no puedo tenerla en mi salón?

Es ahora que necesitamos replantearnos nuestro rol universal de hembras, dejar a un lado el estereotipo de “mujer fatal siempre con problemas” y fijarnos en nuestros talentos sensibles, intelectuales y sociales. Debemos ayudar a crecer a las mujeres alienadas, sometidas, victimizadas (que son legión) porque ellas odian a las libertarias, a las valientes e independientes. No por envidia (que es una forma negativa de admiración) sino porque no pueden ni saben imitarlas y les da pánico afrontar “la soledad de la corredora de fondo”, quintaesencia de la libertad. No saben manejarse en ese ámbito de librepensamiento, porque nadie les ha enseñado a hacerlo.

Enséñame a entender y moveré el mundo

Enséñame a entender y moveré el mundo

En ese momento histórico donde se nos viene encima un teleñeco psicópata como presidente de los EEUU y el planeta se rebela de polo a polo, las mujeres tenemos que autoeducarnos y capacitarnos para la libertad de acción y elección, de pensamiento y creación para posicionarnos social y personalmente sin las coacciones familiares, machistas y sociales que nos han atenazado durante siglos. Que cada una sea lo que le apetezca ser: madre, esposa, empresaria, asalariada, proletaria, folladora o ricachona borracha.
Pero inteligentes y libres como ella, que un altar la tengo LIKE A VIRGIN: Santa MADONNA a la putanesca.

El arte de piropear

No soy de las que pasan bajo los andamios mendigando perlas salvajes de bocas proletarias. Pero, ¿a quién le amarga un dulce? El piropo es un arte que no está al alcance de cualquier buzón. Hay que atreverse a admirar y para eso hay tenerlos bien puestos… los ojos.

Así como los insultos que he recibido en mi vida (no pocos y variopintos) se me han quedado grabados a fuego, los piropos que me han dedicado ocasionalmente me dan calorcito interior cuando la amenaza de la baja autoestima pugna por abrirme las carnes.

Una mañana de niebla en Santiago de Compostela, cuando aún era estudiante universitaria, tuve que salir al escape para recoger en la parada del autobús a una amiga que llegaba cargada de maletas. Iba caminando bajo el puente da Vedra con vaqueros ceñidos, botas altas, chaqueta roja de lana y cola de caballo medio deshecha, cuando pasé delante de una zanja donde tres o cuatro obreros estaban tomándose el bocata de las 11h. Uno de ellos levantó la cabeza y al verme pasar del alma le salió un Oleee, la clase se ve. Sonreí para mí pues me pareció un piropo de clase alta en boca de un Working Class Hero cualquiera.

Vente pa'cá que te voy a hacer un traje de saliva que te va a  hidrar tó el año.

Ven pa’cá que te voy a hacer un traje de saliva a medida que te como todo.

Está claro que la sensibilidad no entiende de clases, sexo ni edad. El piropo que más atesoro salió de la boca de una niña de no más de cinco años. Dicen que los borrachos y los niños siempre dicen la verdad y esto fue de largo la cosa más bonita que me han dicho en mi vida “física” con diferencia. Tan hondo me caló que escribí un Micro Romance que aquí dejo para una lectura rápida.

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Quizás haya recibido otros piropos a la altura de los susodichos, pero no me acuerdo. Lo que viene a significar que me entraron por un oído y me salieron por el otro.
Sin embargo los halagos que más agradezco ( y los más escasos) son los que inspira mi forma de escribir, ya que sobre el cuerpo y el carácter el tiempo y la vida meten la mano más que el salido de turno. En la escritura y en la creatividad, para bien y para mal, la culpa es mía y sólo mía. Por eso agradecí infinito cuando Víctor J. Sanz, escritor, editor y profesor de escritura creativa, elogió los textos que le mandé para su blog Letras Inquietas con una hermosa frase lapidaria: “Tu prosa enamora”.
Estoy por convertirla en mi epitafio, aunque para ese último suspiro tengo otra idea…

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En definitiva, sobre piropos no hay nada escrito. Todo es lenguaje oral, gracias a Dios, porque para escribir burradas ya están las redes sociales.

PD: He tenido un olvido imperdonable, pues entre mis piropeadores habituales de letras y espacios, tengo que destacar a mi colega David Torres, blogger y escritor inspiradisimo como demuestra en su blog. Ya hace años me dio Un Bloggeras salerosas de Oro (premio que muestro con orgullo y satisfacción en la barra lateral de este blog) y me aseguró no ser “una simple juntaletras”. Más no puedo pedir.

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De príncipes y mendigos

Dar la mano, qué gesto tan simple, delicado y respetuoso que se está perdiendo entre tanto beso y abrazo dado de cualquier forma y a cualquiera. No, de eso nada, donde esté una buena mano que se quite todo lo demás.

Recuerdo un viaje que hice a Marruecos con mi amiga Eva Mor. Estuvimos en Marrakech y Essaouira, y lo pasamos en grande. El problema era la prohibición de tomar alcohol en los restaurantes, pues la borrachera va en contra de la religión islámica pero a favor de la mía. Sin embargo, hecha la ley hecha la trampa. Y en Essaouira encontramos un restaurante monísimo, oscuro y moriscamente adornado tipo cueva de Alí Babá, donde ofrecían vino francés. Nos tiramos de cabeza. Nos limpiamos la botella mano a mano tan ricamente. Fue al ponernos de pie cuando el Magreb entero empezó a dar vueltas de campana. Ni con el aire del Atlántico se nos quitó la melopea. Nos empezó a entrar una risa floja de mil pares mientras dábamos tumbos de pared en pared por el pintoresco pueblecito. Al dar la vuelta a una esquina, me topé casi de narices con un mendigo que algo me dijo en árabe extendiéndome la mano. En un acto reflejo, se la estreché sacudiéndola con suavidad mientras le susurraba un etílico “encantada”. Eva, que venía detrás de mí, hizo lo mismo lo que dejó al mendigo ojiplático y a un jovenzuelo que estaba a su lado partiéndose la caja.
De eso hace seis años, pero recuerdo perfectamente el tacto de aquella mano anónima: oscura, callosa, seca, amable y algo asustada.

Manos que no dais, ¿qué esperáis?

Manos que no dais, ¿qué esperáis?

Todo esto viene a cuento porque ayer tarde le estreché la mano a su alteza real Prince Edward, Conde de Wessex e hijo menor de Queen Elisabeth II en un acto social de la Embajada Británica en Montevideo. Prince Edward es un profesional de la diplomacia, educado para tal en la forja lenta e implacable de la tradición secular de la Monarquía Británica, sometido (pobre, qué suplicio) a una diaria y concienzuda disciplina bajo la supervisión de avezados profesionales de la etiqueta más rancia. Curiosamente, no recuerdo en absoluto su mano, pero no puedo quitarme de la cabeza su mirada. Cuando me miró, tuve la sensación de que ser para él la persona más importante en ese momento y ese lugar. Una mirada franca pero cálida, directa pero no impertinente, estudiada pero no vacua, carente de prepotencia pero envuelta en una dignidad de cuna que no se puede ni fingir ni aparentar. Y no es que me mirara especialmente a mí por mi cara de gallega, sino que a todo el mundo le dedicaba la misma intensidad visual y un interés tan falso como perfectamente interpretado. Si a esto se suma, una excelente postura y buena plancha, finísimas maneras y una voz educada en tono y discurso, el resultado es regio.
Lo más chocante es que yo soy republicana confesa. Quiero una España republicana ya sin más dilación, pero con la Monarquía Británica tengo una debilidad. No lo puedo remediar: God Saves the Queen!

Prince Edward en su recepción, Embajada Británica de MVD

Prince Edward en su recepción, Embajada Británica de MVD

Creo que mi experiencia más bella e inusitada en “toques de mano” fue en Tokyo, cerca del templo de Senso-ji, el más famoso, concurrido y comercial de la ciudad.
En agosto, Japón es un infiernillo. La humedad es del 90% en el mejor de los casos y la temperatura no baja de 30º. Después de visitar el templo y comprarme una sombrilla bien nipona para protegerme del solazo, se me caían los palos del sombrajo, los pelos del sobaco y los pajaritos fritos. Necesitaba atemperarme con aire acondicionado a 18º y toda vela. Encontramos un supermercado y nos metimos de cabeza en la sección de congelados. Compramos unos plátanos y alguna cosa más que no recuerdo, y nos pusimos a la cola en la caja. Teníamos tres personas delante, pero la cajera sólo me miraba a mí. Pasaba mecánicamente por el scanner los productos de los clientes mientras me dedicaba una sonrisa de Mona Lisa. Al llegar nuestros turno, me hizo una breve reverencia de cabeza (me encanta este gesto, recibirlo y hacerlo) y me dio el cambio depositándolo suavemente en mi mano que entrecerró en las suyas con una caricia. “Arigato”, le sonreí. “Arigato”, me sonrió. No sé porqué lo hizo, si le recordé a alguien, si le gustó mi aspecto, no lo sé. Pero ese gesto me dejó una sensación imborrable de dulzura y delicadeza, de confianza y simpatía, incluso de cierta intimidad con una completa extraña.

Es curioso y muy contradictorio, pues mi misantropía me hace aborrecer cualquier contacto con desconocidos: puedo ponerme muy violenta por un roce fortuito en el metro. Por eso, me molesta dar un beso -o dos- en las presentaciones o a gente que me cae mal al saludar. El beso y el abrazo se los reservo a mis amigos, los que el tiempo y la distancia no han barrido. Para todos los demás, con un hola y media sonrisa me parece más que suficiente. Además, al saludar puedes mirar a los ojos (cosa que no haces mientras das un beso en la cara) y con una sonrisa muestras cierta disposición a la comunicación y empatía. Pero la mano… La mano -como el beso de amor- no se la doy a cualquiera.