La filantropía mata al filántropo

En cambio la misantropía mantiene al misántropo a buen recaudo, a no ser que el muy mentecato se dedique a instigar a la turba en su contra, pues entonces arderá en la hoguera como Ninot no indultado. Quien comparta con la humanidad un gran saber, que se prepare para el martirio.

Hace un par de semanas leí El asesinato de Pitágoras, novela histórica de Marcos Chicot que recomiendo por entretenida, bien estructurada y excelentemente documentada, y desde entonces ando cavilando en lo peligroso que resulta para el individuo inteligente, independiente y original revelar su saber. Verbigracia, Pitágoras, que se equivocó como la paloma al granjearse la envidia de los intelectos mediocres. Su delito imperdonable fue crear, idear, concebir una filosofía de vida que derivó en escuela para elegidos a los que se enseñaba a “hablar” con el universo de tú a tú a través de la abstracción matemática, saber restringido a pocos cerebros.

Pitágoras no vale un dracma

Pitágoras no vale un dracma

Al proclamarse en adalid de ese cerrado y elitista grupo no es de extrañar que Pitágoras -primero en hablar en Occidente de la música como paliativo de las emociones, de la transmigración de las almas y el vegetarianismo- fuera quemado vivo. No es difícil encontrar analogías entre el dramático destino del sabio de Samos y otros genios e iluminados que al dar sus enseñanzas al mundo recibieron la muerte por pago: Sócrates, Jesucristo, Hipatia de Alejandría, Séneca, Copérnico, Servet, Martin Luther King, Gandhi… No todos se pueden considerar filántropos, sino más bien revolucionarios intelectuales y altruistas que debieron callarse la boca o reírse de la humanidad en la soledad de sus cuartos de baño.
Y es que, aunque para algunos sea difícil de asimilar, la evidencia es flagrante: la humanidad -como género, raza, especie- no se puede salvar por una razón tan evidente como dolorosa: NO SOMOS TODOS IGUALES. Mientras haya listos y tontos, sensibles e insensibles, tacaños y generosos, buenos y malos… sólo podrán trascender sus límites contados individuos capaces de diluir su ego como azucarillo en aguardiente y unirse al todo como Scarlet Johansson en Lucy.

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El resto pereceremos en la hoguera de nuestras fútiles y absurdas vanidades proclamando a gritos verdades indigeribles para el grueso de la tropa. Sin embargo, hay una forma de salvar el pellejo: hacerse el tonto, el loco, el incompetente. Como mi héroe DIÓGENES LAERCIO, el homeless que vivía en un tonel de mierda hasta los bordes. Este filósofo excéntrico fue el primer reciclador y okupa documentado y -como todo hippie- en su época no fue considerado un “peligro”. Y lo fue: anarquista en toda regla escupió a los pies del sistema y se cagó (literalmente) en las bases fundamentales de las polis: esclavitud social, tiranía moral y sofismo educativo. Con su modo de vida, predicando con el ejemplo como sólo hacen los filósofos verdaderos, se convirtió en el máximo exponente de la escuela cínica, derivada sesgadamente de las enseñanzas socráticas. Gracias a que su mala vida fue ejemplar, la filosofía estrafalaria de Diógenes no cayó en tonel roto y se filtró gota a gota en la cultura occidental desde el medievalismo, al barroco y la edad moderna aderezando elegantemente la obra de Shakespeare, Oscar Wilde o Dorothy Parker, mi heroína.

Diogenes a vela

En Diógenes, el sabio loco, agresivo e intratable, veo el germen del arquetipo del cínico-misántrópico más famoso de la cultura pop de principios del siglo XXI: el Dr. Gregory House. Un misántropo brillante con una chispa de Asperger que encaja como anillo olímpico en la máxima categórica que proclamó el mismo Hans Asperger: “Al parecer, se requiere un chorrito de autismo para el éxito en la ciencia o en el arte”. Y sí, House es un ejemplo radical de ausencia absoluta de empatía por el ser humano al que contempla como receptáculo de estimulantes enigmas médicos que él y sólo él debe desentrañar. Obsesionado por la enfermedad y no por el enfermo, por las causas del dolor no por alivio del paciente, encuentra soluciones tan ingeniosas en la medicina moderna como el teorema de Pitágoras en su época. Pero es un “apestado social”, un solitario que sobrevive cojeando al desprecio por sus congéneres que proyecta constantemente sobre su entorno hostilizado.

dr. house

Yo también soy misántropa irreversible: considero a la humanidad la especie más imperfecta, desagradable (cuando no terriblemente fea) y mezquina del planeta que merece irse de cabeza a la mierda. Empezando por mí, que ostento el mismo apego a la vida que a la muerte y no tengo inconveniente en irme ya al carajo dejando piedrecitas por el lado oscuro de la vida para guiar a otros desencantados de su raza. Mi sueño húmedo y recurrente es vernos ascender a todos a una como rebaño fuenteovejuno hacia el centro de un ávido agujero negro que gustosamente nos absorba como los insignificante truños de ovino que somos.
Como creo que ya estoy tardando, chau, me voy. Nos vemos al otro lado del váter galáctico. Tirad de la cadena al terminar de leer.

váter galáctico

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3 comentarios en “La filantropía mata al filántropo

  1. Nos creemos tan únicos y especiales, ¿verdad? tan diamantes en bruto esperando para ser tallados y deslumbrar con nuestra sapiencia. Y en el fondo ni tan siquiera sabríamos distinguir un genio aunque lo tuviésemos delante…

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