El síndrome de Pessoa o la inútil fama póstuma

Soy una romántica. Para mí el escritor nace con una obsesión por contar que no se cura ni escribiendo. Creo fervientemente en la figura del artistor, el artista que vive para escribirse. Pocos logran comer de su talento y su talento acaba por comérselos a ellos. El mío lo tengo a dieta de vocales tónicas y consonantes fricativas.

Escribir en la actualidad es un deporte de alto riesgo para la salud del ejecutante, su economía presente y futura y causa segura de frustración, depresión y ansiedad. La historia de la literatura está plagada de escritores brillantes que no alcanzaron la fama ni la estabilidad económica en vida y a su muerte fueron laureados, fanatizados y renombrados con letras de oro. Oro que que les hubiera permitido poder dedicarse a su obra sin perder el tiempo en trabajos alimenticios. Me siento identificada con esos perfiles: no por lo que toca al talento, pues el mío es de estatura media y no lo verías por la calle si te cruzaras con él, sino por la incapacidad de ganarme la vida en edición y creación literaria.

Pretender y tender para entender

Pretender y tender para entender

Un caso que me parece especialmente dramático es el de H.P. Lovecraft, el gran maestro del terror futurista. Fue un niño prodigio, empezó a escribir a los siete años y a los quince creó su primera obra de cuentos góticos, La bestia en la cueva. Vivía sin apenas contacto con el mundo exterior en Providence, Rhode Island. Aún así consiguió enamorarse y casarse trasladándose a Nueva York. Pero la pareja no podía encontrar trabajo, se separaron y él volvió a su ciudad natal a vivir con sus tías sintiéndose fracasado, frustrado y muy solo. Paradójicamente está fue su etapa de máximo esplendor literario. Como la economía familiar era precaria, trabajó de revisor y de negro para otros autores, pues él era un desconocido. Se muere y lo descubren.

Howard Phillips, me has dejado helado

Howard Phillips, me has dejado helado

Vivir no es necesario, lo que es necesario es crear. Eso decía Fernando Pessoa, el extravagante escritor portugués que como personaje me fascina. Su obra no: me parece cargante, farragosa, soporífera y anticuada, con todos mis respetos. Pero comparto su pasión por escribir como la única forma posible de darle sentido a la existencia: “Toda mi vida gira en torno a mi obra literaria, buena o mala, lo que sea, lo que pueda ser”. “Ser escritor no constituye una profesión, sino una vocación. Tengo el deber de encerrarme en la casa de mi espíritu y trabajar cuanto pueda y en todo cuanto pueda para el progreso de la civilización y el ensanchamiento de la conciencia de la humanidad”. Pessoa sólo publicó un poema en portugués en vida que apareció en 1933, dos años antes de su muerte por problemas hepáticos. La mayoría de su descomunal obra estaba inédita y fue analizadísima postumamente.
El gran literato de la lengua portuguesa, era un hombre gris, de carácter difícil y de personalidad tan múltiple como sus heterónimos, que a veces se encarnaban así mismos en actos sociales como Alberto Caeiro. El que más me gusta es el que creó para él su único amor, Ophélia Queiroz: Ferdinand Personne, en francés Fernando Nadie. Un lúcido juego de palabras.

Sostiene Pessoa su pobre existencia

Sostiene Pessoa su pobre existencia

Desde 1988 su cuerpo reposa en el Monasterio de los Jerónimos, como compensación del reconocimiento que no tuvo en vida. Poco le hubiera importado a él:

Si después de yo morir quisieran escribir mi biografía
no hay nada más sencillo.
Tiene sólo dos fechas
la de mi nacimiento y la de mi muerte.
Entre una y otra todos los días son míos.

Podría haberlo escrito yo en un día malo.

Otro escritor de vida marginal que oscurece la difusión de su obra es Franz Kafka, el padre de la invertebrada metamorfosis moderna. Judío sionista educado en alemán, su familia se oponía a su vocación literaria y trabajaba en una compañía de seguros de Praga. El trabajo alimentario no le impidió escribir, incapaz de abandonar su vocación. Entre 1913 y 1919, escribió la mayoría de su obra. Su primer libro publicado en 1913, Meditaciones, pasó desapercibido, como el resto de su trabajo editado. Quizá por esa ausencia de éxito, ordenó a Max Brod (amigo y consejero literario) que quemara todos sus manuscritos al morir. Max no hizo gracias a las musas que lo vigilaban para legarnos El castillo, El proceso y América.

Soy un gusano con una buena cabeza

Soy un gusano con una buena cabeza

Estos tres escritores (y muchos otros más) tienen un rasgo en común que determinó su suerte: el aislamiento creativo. Anacoretas encerrados en sus casas familiares, viven sin vivir en sí si no escriben. Pero su comportamiento asocial, hermético y huidizo es arte y parte de su destino. Dicen que la suerte hay que buscarla. Estoy de acuerdo, pero esa búsqueda esta condicionada por el carácter personal: no todas las personas desean saltar a la palestra. Y los artistores, menos. En la cueva se vive muy bien, me gusta decir cuándo me preguntan que hago cada día. Y es que me siento parte de esa tropa anónima que nos morimos de inanición sin cejar en nuestra vocación. Ovaciono a los que escriben a diario sin retribución, reconocimiento ni publicación, por dictado del corazón. Somos los muertos de hambre de una industria editorial en declive y deterioro formal, conceptual y contextual, que se ha olvidado de nosotros: los proveedores de contenidos personales. Sólo podemos clamar en las redes, atrapados como la pesca de arrastre.
Lovecraft, Pessoa y Kafka no tienen derecho al pataleo, pero yo sí. ¡Que se metan la fama póstuma por el orto! De nada le sirven al soldado desconocido sus monumentos. Hay que reconocer, premiar y apoyar en vida. La muerte es inerte, invidente, inapetente. Así que dadle al escritor lo que es del escritor:un buen trabajo.

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2 comentarios en “El síndrome de Pessoa o la inútil fama póstuma

  1. Efectivamente, querida, los dan brown y compañía que ahora nadan en oro y no serán recordados por nadie seguramente se la traiga al pairo la fama futura… Yo soy un tipo práctico, oye, prefiero ser millonario que recordado.. De momento ni una cosa ni otra 🙂

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