Mi hermosa Nancy negra

Yo tenía una Nancy negra. Era una preciosidad color chocolate, con ojos verdes y melena lisa azabache al estilo de los 70′. Me la trajeron Los Reyes unas Navidades. Nunca la olvidaré pues protagonizó, injustificadamente, mi primer brote de racismo infantil.

Aquellas navidades debía de tener yo unos ocho o nueve años y me encantaban las Nancy. ¡A qué niña no! Ya tenía una: la típica rubia, sosa y mofletuda con unas pantorrillas que mostraban una leve elefantiasis. A mi madre debió parecerle una excelente idea regalarme otra para hacerle compañía. Recuerdo que por aquel entonces había salido una colección de muñecas étnicas: la Nancy india, la china y la negra, una rareza plástica de exótica belleza. Esa fue la elegida por mi madre, que siempre le han encantado los africanos y su elegancia natural.

El día después de las vacaciones de Navidad me la llevé al colegio pues no lo permitían jugar un rato con los regalos de Reyes. No sé si se trataba de algún experimento socio-demográfico o para tenernos entretenidas mientras los profesores se ponían al día. Todas las niñas andábamos excitadas revoloteando como moscas cojoneras entre las mesas para fisgar los juguetes de las demás. Recuerdo que a mi pupitre acudieron tres o cuatro memas con sus muñecajos. Se quedaron mirando con desprecio a mi Nancy y una de ellas me espetó:

– Es negra. ¿Por qué tienes una muñeca negra? Es muy fea.

Yo, que era una niña muy introvertida y sí, fea, me lo tomé como un insulto personal por transferencia. Me puse roja, mientras ellas con una mueca reprobatoria me daban las espalda despreciativas. Miré a mi Nancy, que había bajado los ojos avergonzada, y la escondí en mi cartera.

Si hubiera llevado una rubia, no habría aprendido nada...

Si hubiera llevado una rubia, no habría aprendido nada…

Ese fin de semana, como de costumbre, estaba desayunando una tortilla española y zumo de naranja (mi desayuno con tenedor favorito en la infancia) jugando con mis Nacys entre bocado y bocado. Mi madre anda barriendo el salón y levantando un polvazo digno de la mejor tormenta de arena. De pronto y sin venir a cuento, arrojé mi Nancy Negra al suelo en un arrebato de violencia pueril. Aterrizó en medio de los barreduras de mi madre que me miró consternada:

– ¿Qué haces? ¿Por qué tiras tu muñeca así?
– No me gusta. Es negra.
– Pero es guapísima. Tiene los ojos verdes y un pelo precioso. Es más guapa que la otra.
– No me importa. Ya no la quiero. Tírala.

Hermosa como una diosa

Hermosa como una diosa

Mi madre la recogió, la acarició y me miró como le hubiera tirado una piedra a un pájaro a matar. Se la llevó sacudiéndole el polvo con cuidado, consternada con mi comportamiento. Yo quería llorar a moco tendido. Había sido cruel con mi hermosa muñeca sólo porque no era aceptada socialmente a pesar de sus virtudes, que saltaban a la vista. No fui capaz de defender y proteger aquello que me importaba y adoraba. Fui cobarde y cedí a la mezquindad de los cortos de mente que condenan con sus perjuicios.
No me lo perdoné. Desde entonces el mundo me resulta un escenario contradictorio donde nada es verdad ni mentira, sino aceptable o inaceptable dependiendo de los cánones. Incluso la belleza es objeto de este condicionamiento social y temporal. Porque las modas cambian, pero no las mentalidades. Lo políticamente correcto es puro fariseísmo, un parche decorativo sobre una herida siempre abierta e infectada por los perjuicios.
Ahora las Nancys negras son objeto de coleccionismo, buscadísimas y pagadísimas en eBay. Y yo tengo una, superviviente a la ceguera pueblerina del postfranquismo. Mi heroína.

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Un comentario en “Mi hermosa Nancy negra

  1. La vida consiste en eso, ¿no? en aprender un montón de cosas y luego dedicar un puñado de años a dinamitar todas esas cosas que has aprendido para ver si aguantan o hay que construirlas de nuevo…

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