¿Y si soy la última Mohicana?

Para mi desgracia soy hija única, y esa unicidad me ha hecho sentir sola en la infancia, bicho raro en la adolescencia, una loca en la juventud, incomprendida y fracasada en la primera adultez y la última de mi especie en el ecuador de la cuarentena. Sentirme alien en tierra extraña quizá es un síntoma de inmadurez, pero a estas alturas no voy a creer.

campañilla de espaldas

El no tener hermanos con los que compartir rasgos, ADN y genes, me ha provocado un persistente extrañamiento entre y ante mis congéneres. Me ha costando reconocerme en otros y sólo a unos pocos extraviados puedo sentir como “hermanos”. Me cuesta encontrar en la mirada ajena el vínculo que propicia la identificación intuitiva entre personas. No tengo almas gemelas ni otros seres espejo en los que reflejarme. Mejor, pues los espejos proyectan espejismos y nos devuelven una imagen plana por obra y gracias del 2D. Una lástima porque me encantaría apreciar mi culo en toda su extensión.

Qué sola está mi imagen en el espejo

Qué sola está mi imagen en el espejo

Desde muy jovenzuela me sentí parte de una raza no revelada, cuyos individuos renacen cada tanto desperdigados por el mundo y ocultos de los otros, enemigos íntimos con los que hay que mimetizarse. Antes me resultaba más fácil ponerme el disfraz de camuflaje e intentar “colar” por uno de ellos, pero con los años se me ve cada vez más el plumero y siento que en cualquier momento alguien me señalará con el dedo y dará la voz en grito de alarma llamando a los suyos para lincharme.

Yo como si nada... Con calma para que no me roben el alma

Así como si nada, para que no me roben el alma

Desde hace un tiempo me encanta vivir en clausura. Mientras tenga tele por cable (en Montevideo sin cable no ves un carajo), un portátil + ADSL y un gato, no veo la necesidad de exponerme a la calle. La autorreclusión me hace sentir parcialmente iluminada como los desgraciados del mito de la caverna de Platón, angustiada por la incapacidad de aprehender mi realidad en todas sus formas y conceptos. Ese escepticismo me metió de narices en el nihilismo de F. Nietzsche, mi filósofo de cabecera, y en el psicologismo social de El lobo estepario de Hermann Hesse antes de entrar en la universidad. No son dos ejemplos de virtudes a seguir, pues el uno murió loco perdido y el otro era un depresivo y suicida potencial.

¿Por qué estás tan solo, hermano lobo?

¿Por qué estás tan solo, hermano lobo?

Me encanta la literatura deprimente y pesimista, esa que se forja en el lado oscuro de la fuerza y que alimenta a los tipejos como yo: los contraarcenistas, esos que caminamos por el arcén de la sociedad en sentido contrario a la masa. Somos legión y seremos todavía más, hijos de la inadaptación al sistema, del inconformismo de la hormiga obrera, de la insatisfacción del hombre gris que quiere vestir de colores, de la infelicidad del desea otra vida pero no sabe leer las señales… La clarividencia del pesimista convierte la lucha vital en una forma pasiva de rebeldía social y personal que conduce a una irremediable extinción, como la de El Último Mohicano, que nacido héroe muere como tal.

Ningún fusil nos salvará de nuestro triste fin

Ningún fusil nos salvará de nuestro triste fin

La desaparición de una pueblo y su cultura siempre es una tragedia. Sin embargo, no creo que haya razas condenadas a extinguirse, sino individuos determinados a no perpetuarse. La procreación es una decisión activa e individual que no garantiza la victoria sobra la muerte y el olvido. Somos demasiados los humanos en serie que apenas aportamos variedad a nuestra raza ni a nuestras propias estirpes, repitiendo moldes y modelos y rechazando la singularidad como una forma de enfermedad. Como yo, que enferma de incredulidad, sin hijos, hermanos ni perro que me ladre me he convertido en la última mohigata .

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4 comentarios en “¿Y si soy la última Mohicana?

  1. Si lo piensas bien nuestras vidas, mediocres y miserables, sólo sirven para que las vidas excepcionales brillen con más fuerza al compararse con las nuestras. Si todos fuésemos especiales, nadie sería especial…

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  2. Pues Isabel, hija, qué quieres que te diga. Yo te veo un poco tristona y no sé por qué, pues eres bien especial. ¿Qué es eso de que vivimos vidas mediocres y miserables para que las excepcionales brillen con más fuerza? ¡A la mierda la resignación! Niña: ya te estás poniendo las zapatillas y me corres quince kilómetros junto al mar repitiéndote, cada diez pasos: ¡soy la hostia!

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    • Ja, ja, ja!!! Tú sí que eres la hostia, Luisiño. Me encantaría calzarme la zapatillas y correr aunque sea un par de km. por La rambla de Perú al lado del Río de la Plata, pero tengo una catarrazo de la hostia, eso sí!!! Aunque sigo tu consejo en cuanto me libre de los mocos y los estornudos. Eres un tipo estupendo!!!

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