Escribo porque está mandado

Hoy tuve otro de esos sueños que al despertar dejan una estela visible como la del Cometa Halley. El de hoy me recordó porqué escribo sin retribución económica y sin descanso. Hay una razón: no puedo hacer otra cosa.

Los sueños, hijos salidos de la noche, nos revelan momentos, traumas y hechos que despiertos no queremos mirar por dolorosos o aparentemente inútiles. Pero al inconsciente no hay quién le engañe, bien lo sabía el amigo Freud, obsesionado por el sexo encorsetado herméticamente en la moral judeomasónica. Y antes que él, los antiguos: Yahvé revelaba sus deseos en los sueños de sus profetas, los dioses griegos susurraban planes de batalla a sus héroes de guerra y un emperador romano podía matar a toda su familia si así se lo ordenaban sus sueños de megalómano.

¡Por Júpiter, que os mato de sueño!

¡Por Júpiter, que os mato de sueño!

Hoy tuve un sueño muy fácil de interpretar pero con un fondo de iceberg que me arrastró de nuevo a mi terrible y fría adolescencia.
Soñé que volvía a estar en un aula de COU pero con mi aspecto físico y edad actuales. Una profesora estaba repartiendo las notas de fin de curso y yo recibí ¡7 suspensos! Me quedé trastornada, pues con muy bien juicio onírico, ahora tendría que devolver mi licenciatura en Hispánicas, mi máster en guiones y mis cursos de doctoranda en Literatura Española, ya que no habrían existido. Me entró un pánico bárbaro porque tenía que aprobar en los dos meses de verano 7 asignaturas y ni siquiera sabía qué coño había suspendido.

¿Será la A, será la C, ACDC?

¿Será la A, será la C, será ACDC?

Alguien se ofreció a prestarme unos cuantos libros y me sentí algo más aliviada, sentada en un pupitre color crema con patas de hierro malpintado en negro. Irrumpe entonces un profesor, que me pareció familiar, y nos obligó a participar en dos concursos literarios con premio: uno de haikus valorado en 1.000 € y otro de microrrelato (mi especialidad, ejem!) con 400 € de premio. Nos ponemos toda la clase manos a la obra y acabamos en cuanto él nos da la señal. Recoge los relatos. Yo no estoy contenta con mi haiku pero sí con mi microrrelato. En décimas de segundo se nombra a los ganadores, dos tipos que no soy yo. El ganador del haiku lee un texto delicioso y pienso que se lo merece. Le aplaudo con total sinceridad. El del microrrelato en cambio es una basura tópica y mal escrita: me pillo un cabreo de órdago y monto un espectáculo de cólera e ira sin precedentes. Me echan de la clase entre varios y mi amiga de la infancia, Rebeca, me consuela ofreciéndose a estudiar conmigo todo el verano. Lo considero un sacrificio tan hermoso e innecesario como el de Abraham a Isaac y la eximo de sus obligaciones alejándome a toda prisa, mientras me cago en el sistema académico en toda su extensión…

¡Abraham, deténte! ¿Estás tonto o qué?

¡Abraham, deténte! ¿Estás tonto o qué?

Me despierto y con la clarividencia de una médium, recuerdo el momento en el que decidí empezar a escribir.

Hice COU en el Instituto de Las Lagunas de Ourense y tuve un maravilloso profesor de Literatura, el Sr. Zabal, al que le tenía más miedo que respeto, pues la primera semana de clase nos mandó redactar un texto para seleccionar a tres alumnos que participarían en una mesa redonda pública. Mi pánico escénico es antológico y por aquel entonces a mis desgarbados y nada agraciados 17 años, no se ocurría peor tortura que esa. Redacté un texto correcto, pero no brillante con la intención de no quedar como una zote pero tampoco para que me eligiera. ¡Y me eligió! Tuve que participar en aquella terrible mesa redonda en la que quedé como una retrasada, pues en mi turno solté un discurso atropellado, sin sentido y deshilvanado que provocó que todos me miraran como si hablara en esperanto. Desde ese día, él me trató con una distancia prudencial y no me obligaba a intervenir en clase y eso que estaba sentada en primera fila, para mi tormento. A veces yo no podía evitarlo y soltaba algún comentario para el cuello de mi camisa, que él siempre oía. El último día de clase, de pie a mi lado, dio un breve discurso sobre lo que había supuesto esta nuestra promoción para él. A parte de expresar sus dudas sobre nuestro amor a la literatura y la falta de lectura de la mayoría, apuntó que “algunos éramos diamantes en bruto que no nos atrevíamos a brillar” y posó su mano derecha sobre mi hombro que apretó suave y paternalmente.
Casi me echo a llorar como una magdalena penitente.

No me llores y escríbeme...

No me llores y escríbeme…

Ese día decidí empezar a escribir. Por aquel entonces poesía narrativa breve y más tarde, cuentos y pensamientos cortos. Desde entonces siento que escribo porque está mandado, porque los dioses del inconsciente me envían sus órdenes en forma de sueños y no puedo cerrar los ojos a ellos. Ni a ellos ni a sus mensajeros. Como el profesor Zabal, hombre inteligente, culto, buen formador y enseñante, sensible y empático con las almas vulnerables como la mía. Le debo el primer empujón que metió mis hocicos en una página en blanco. Luego vinieron otros empujones, menos amables, docentes y decentes. Pero efectivos al fin y al cabo: todas las hostias son buenas si se digieren bien.

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4 comentarios en “Escribo porque está mandado

  1. Supongo que escribimos por efecto de una pulsión y que no podemos parar de hacerlo, sencillamente, porque en el fondo tampoco queremos privarnos del gozo de ver lo escrito, del absorbente proceso de la escritura, de la idea de que vamos a escribir lo que imaginamos que escribiremos..
    La que me dio a mí el primer empujón fue la señorita Rosi. En octavo de EGB. Con trece años de edad. Y sí, mi recuerdo también es algo parecido al tuyo. Escribir desde entonces. Y correr a menudo. Dos casos de zen activo.
    Besos.

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