Salud y bienestar: La vida es un mal sueño. ¡Acéptalo!

Me he levantado hippie. Quizá sea un efecto secundario de la medicación antivértigos o que he tenido una revelación al abrir bien los ojos. Pero he visto entre nubes y claros el secreto del equilibrio, susurrado en el oído interno: acéptalo todo y sé feliz.

He vuelto a tener mi sueño recurrente: se me caían todos los dientes uno a uno hasta el último. El sueño tenía mucha miga onírica: Iba paseando con mi madre por el Bulevard Rosa de compras y noto con la lengua que se me mueve una muela de abajo. Sigo hurgando y la muela se cae. La recojo en la mano y se lo digo a mi madre, completamente compungida (yo). La tía (que es mi madre) reacciona como si nada, señalándome un vestido en un escaparate, la muy frívola. Seguimos andando y se me empiezan a caer todos los dientes uno a uno, excepto las paletas de delante, que es exactamente lo que se me debería caer, porque me hacen cara de conejo desde niña. Me empiezo a angustiar y a cerrar la boca para que no se me vea el escarnio, cuando veo una clínica dental en uno de los pasillo del bulevar, donde en realidad hay una tienda de bisutería. Entro pitando y me atienden dos dentistas encantadoras que estaban limpiando el local, todo él (paredes, suelo, instrumental…) verde fluorescente viscoso, como esas lámparas de lava tan psicofunky.

Ven, acércate a la lava y verás qué bien te lava

Ven, acércate a la lava y verás qué bien te lava

Enseño mis dientes caídos que apenas me caben en una mano y ellas ni se inmutan. Me dicen amablemente que me siente en el sillón que enseguida me los arreglan. Me quedo más tranquila con su eficiencia y desparpajo, cuando me enchufan en la boca toda abierta un potente foco de luz azul que me lanza un láser rojo (¿Darth Vader vs. Luke Skywalker?) a pocos centímetros de la encía inferior, ya descarnada y desdentada. El dolor es casi insoportable los primeros segundos y me revuelvo en mi asiento mientras las dos dentistas me dan la espalda charlando de sus cosas, pasando de mi cara congestionada. Mi madre está a mi lado, dándome palmaditas en la mano y diciéndome “Aguanta, nena, que es por tu bien”. El dolor va remitiendo y siento que ya no siento. Todo me da igual, estoy tranquila. He aceptado mi nueva situación de desdentada y he aflojado todo mi ser en consecuencia. Cierro los ojos, adormilada por el calorcito en la mandíbula notando cómo me baja un hilo de saliva por las comisuras… Me despierto sorbiendo babas y tocándome los dientes para asegurarme de que siguen donde deben.

Babeo por no tener dientes pa' morderte

Babeo por no tener dientes pa’ morderte

El sueño de hoy me ha dejado una revelación, como la moraleja de un cuento: la angustia de perder los dientes se intensificaba hasta lo insufrible al no aceptar perderlos. Al aceptarlo me dejé ir como al soltar el manillar de la bici, con el placer de dejarse llevar por una cuesta que impone su propia inercia. Me di cuenta, entonces, de que el mal de mis males es la no-aceptación, la resistencia psíquica a aceptar la realidad, dura de roer y cruda hasta el hueso. Por eso, las depresiones me atacan ferozmente cuando me revelo sin posibilidad de victoria contra unas circunstancias sociales, económicas, laborales que escapan a mi control provocándome una insufrible inseguridad.
Como decía, Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia, pero si no la salvo a ella no me salvo yo”.
De unos años a esta parte, he aprendido a aceptar incondicionalmente mis circunstancias tal y como venían, pero sin permitir que condicionasen mis decisiones, sino integrándolas como parte insoslayable del presente, en pro de un futuro mejorable. He ido aprendiendo a convertir la adversidad en versatilidad, la inseguridad en posibilidad y la angustia en motivación.
Me ha costado más de un huevo darle la vuelta a la tortilla y más de una vez se me ha caído la sartén al suelo, obligándome a limpiar mis estropicios. Pero ahora lo sé: no tiene sentido luchar contra lo que uno es, siente y sabe que seguirá siendo y sintiendo hasta el final.
Espero que esta actitud me lleve a buen puerto, pero por de pronto me ha llevado a buen río, el más ancho del mundo sin orilla a la vista. Donde hay un río, no se puede pedir mar. Acéptalo sin más…

Río de la plata, marrío o riomar.

Río de la plata, marrío o riomar.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s