Vegetaciones, esos hierbajos de las narices

Sin duda fue la experiencia clínica más traumática de mi vida. Todo para coger más catarros, fungar por las narices como una flauta peruana y cagarme en las modas quirúrgicas. Porque lo que ayer era la purga de Benito, ahora es un purgante.

Hoy me desperté con la sensación de que se me habían roto las narices. Me las palmé y comprobé aliviada que seguían intactas. Sin embargo esta anécdota trajo a mi memoria un lejano episodio de mi infancia que había olvidado, aparcado o parcialmente borrado por lo traumático que me resultó: mi operación de vegetaciones, practicada con un imitador del Doctor Caligari a finales de los 70.

Ven aquí, niñita, que te arranco las napias con las uñitas...

Ven aquí, niñita, que te arranco las napias con mis uñitas…

Mi pediatra (al que fui hasta los 18 años y ya no quiso verme más por vergüenza ajena) le aconsejó a mi madre que me operaran las vegetaciones porque respiraba por la boca sin parar, roncaba al dormir y tenía catarros constantemente. En realidad, todos los niños pequeños en mayor o menor medida padecen de adenoides, nombre científico de estos folículos que tenemos detrás de las fosas nasales, aunque las mías debían estar en las fosas de las Marianas, de lo profundas y pobladas que eran.

Vengo a comerte las vegetaciones, Mariana

Vengo a comerte las vegetaciones, Mariana

Recuerdo que la noche antes de la intervención mi madre me dio medio Válium, una píldora amarilla de sabor amargo como la de Mary Poppins. Cuando me levantaron todavía estaba grogui. Eran las 07.00 am de una mañana fría y nublada de noviembre, ideal para la matanza do porco y las extracción de órganos infantiles. Llegué a la consulta aterida y custodiada por mi madre y mi padrino, que estaban más asustados que yo. Más les hubiera valido tomarse ellos la pastilla. Nos recibieron el médico, un tipo canoso, ceñudo y adusto con su característica bata, y una enfermera -clon de la Rotenmeyer– con uniforme verde y cofia tan pasada de moda como la de Florence Nightingale. Intuyendo el peligro dí dos pasos atrás cual bestia acorralada. De inmediato, la enfermera-loba se me echó encima y me colocó como por arte de magia una camisa de fuerza que me anudó a la espalda como a un extra de El nido del cuco.

Pero si yo sólo vine a pedir unas recetas...

Pero si yo sólo vine a pedir unas recetas…

Acto seguido, la enfermera me sentó sobre sus piernas en una silla de dentista que olía a cuero, metal y gotita fugadas de orina infantil. Intenté zafarme, pero la señora que no se andaba con chiquitas, me susurraba al oído: “No te muevas que es peor”. Se me acercó aquel Dr. Infierno y con un forceps me abrió el buzón todo lo que me daba de alto y largo. Entonces empezó a meterme por la garganta arriba algodones empapados de cloroformo que me produjeron más arcadas que un concierto de Luis Miguel. Empecé a quejarme mientras miraba a mi acongojada madre, implorando inútilmente ayuda. Entre vapores, temores y horrores, el mataniñassanas aquel me metió por detrás de la campanilla unas tijeras que bien podrían haber sido de podar y me hurgó el interior de las narices, arrancando hierbajos con menos consideración que Eduardo Manostijeras arreglando un seto.

Ven aquí, monina, que te voy a arreglar las puntas de la lengua...

Ven aquí, monina, que te voy a arreglar las puntas de la lengua…

Al acabar la faena, me mandó a casa con la advertencia de que no comiera nada, sólo líquido, y que no me acostara por muy cansada que estuviera. Mi madre, que lo que le dicen los médicos le entra por un oído y le sale por el otro con cera, me dio un zumo y me metió en la cama a dormirla. Dos horas después me desperté con fiebre, completamente mareada y con una sensación espantosa en el estómago, la cabeza y el cuerpo entero. Volvieron a llevarme al médico y en el portal del suso dicho vomité como la niña del exorcista una pota color sangre seca de toro que provocó los alaridos de mi madre y una carrera escaleras arriba de mi padrino llamando a gritos al doctor como un poseso. Me quedé aliviadísima después de arrojar mis rancias hemoglobinas y abrazada a la Concha (una señora mayor que trabajaba en casa) nos reímos de mi parentela que seguía berreando por el edificio en busca del facultativo. Cuando llegó el carnicero del Miño, determinó que el vómito era la sangre que tragué durante la operación y nos puso a todos de patitas en la calle.

¡¡Lo que hay que oír cuando eres niño!!

¡¡Lo que hay que oír cuando eres niño!!

En mi caso, fue peor el remedio que la enfermedad: ahora ronco más, tengo más mocos y alergias cada año, siento a menudo la boca seca como si mascara alpargatas y encima me huele mal el aliento por las mañanas. Es decir, tengo todos los síntomas de una enferma de vegetaciones. Me cago en la manía de los médicos de tocarnos las narices con sus intervenciones. Si en los años 70 los otorrinos hacía caja sacándole las amígdalas y las vegetaciones a todo infante menor de 10 años, ahora en cambio se contentan con venderles sonotones a los amigos de Imanol Arias y a los niños que operaron antaño. Sea como fuere, ¿a mí quién coño me devuelve mis vegetaciones con lo bien que me sentaban?

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4 comentarios en “Vegetaciones, esos hierbajos de las narices

  1. Por suerte, creo, las cosas han cambiado un poco. Los médicos de antes eran unos putos carniceros que arrancaban piezas dentales, y hurgaban en las heridas sin ninguna piedad y sin dar explicaciones, por Dios, que ellos son médicos.

    Me encanta leerte, por cierto 🙂

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