Yo quería ser majorette…

El bastón plateado girando por los aires, las faldas cortas con vuelito luciendo cachas y pantorrillas adornadas con botas altas a lo meretriz de circo me chiflaban. Si hubiera elegido esa vida, quizá ahora estaría prejubilada con una buena pensión y un esguince de talón…

Recuerdo perfectamente la primera vez que vi una majorette. Fue en mi Galicia natal, en el parque más céntrico de mi capital de provincia. Mientras la banda de músicos se fumaba un cigarrito, un grupo de chicas esperaban en un corro. Llevaban un gorrito blanco estilo militar con una pluma azul celeste algo despeluchada, casacas del mismo color con botones dorados de plástico y tan almidonadas que parecía increíble que pudieran doblar los brazos. Las faldillas plisadas eran de un corto que haría las delicias de un fan del manga japonés, pues según la envergadura de la criatura, las bragas azules quedaban a la vista de propios y extraños. Remataba el atuendo unas botas blancas acharoladas que chirriaban de puro malas.

Soy la novia de la muerteeeee y estoy de muerteeee…

Vistas desde mi yo adulto no podían ser más cutres, pero a mis siete años me dejaron anonadada. Me parecían el summum del glamour y la quintaesencia de la sensualidad femenina. Sin embargo, también me fijé en que algunas estaban más cerca del esperpento que del canon griego de una venus: una de ellas estaba tan entrada en carnes que parecía el elefante de Fantasía de Disney en versión cañí, con unas pantorrillas tan rebosantes que la cremallera de la bota se atascaba a la mitad. Otra tenía unos coloretes de manzana reineta y una melena estropajosa que se extendía por la espalda con más nudos que el telar de Penélope, y camuflada entre la masa se adivinaba a una que era la radiografía de un silbido con menos carne que el hueso de caña de un caldo industrial.

Somos todas distintas, pero estamos muy unidas por el mismo corazón y nuestro plumón…

Yo estaba convencida de que tamañas señoritas con ese vistoso atuendo debían ser a la fuerza extranjeras (estamos hablando de mediados de los 70 en la España profunda de verdes valles fluviales). E incluso se me pasó por la cabeza la idea romántica de fugarme con ellas y recorrer el mundo a golpe de bastón y patas arriba. Así que me acerqué tímidamente a preguntarle a la que me pareció más agraciada y sonriente. Le tiré de la manga para llamar su atención:

– ¡Hola! Perdona, ¿de dónde sois? ¿De Francia?

Se dio la vuelta con expresión de vaca recién ordeñada y me espetó en la cara con un aceitoso aliento al ajillo…

– ¡De Carballiño, rapaza!

El acentazo galaico-portugués no dejaba lugar a dudas. Me quedé muerta. ¡Había majorettes en Carballiño! Todo su encanto se vino abajo como la Jenga. Si sólo era cuestión de tener un ajuar medio decente y unas cuantas colegas de pueblo con ganas de enseñar las bragas… ¡era mi futuro soñado! Mi madre rompió mi sueño con un guantazo de realismo asfaltado y me convenció para estudiar una carrera con menos salidas que un convento de clausura.
Visto lo visto, siempre me quedará la duda de cómo hubiera ido mi vida de haber sido majorette… ¿Habría triunfado haciendo la calle por Pigalle en París o por la Avenida Gilbert de Cincinnati? Qui lo sá…

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6 comentarios en “Yo quería ser majorette…

  1. No sabes ni lo que dices, el mundo de las majorettes va mas alla de enseñar piernes y mover un baston, es la autorealización el hacer unos movimientos increíbles, lanzar el baston y dar 3 o 4 vueltas, y hacer coreografía al ritmo de la música, además de los campeonatos que hay en España, y como es el TWIRLING un deporte derivado de las majorettes, antes de hablar informate bien.

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    • Irene, siento haberte ofendido, pero este blog no es ni informativo, ni divulgativo, ni educativo. Es un diario personal que se nutre de mis opiniones, recuerdos y sentimientos, todo ello teñido con la ironía propia de la adulta escéptica que soy. Siento que lo hayas entendido de un modo tan subjetivo, pues sólo es un recuerdo de niñez revivido a la luz del humor. Espero que las majorettes de España no lo tomen como una afrenta personal, pues nada más lejos de mi intención. Saludos y gracias por tu comentario.

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