Bonos de descuento, ¡¡a otra con ese cuento!!

“Lo barato sale caro”, así de alto y claro. Pero como soy una pardilla, venga a comprarme bonos de descuento por Internet intentando aprovechar la oportunidad porque “Sólo queda uno”. Me dieron pal pelo y no con queratina…

Mi chico me regala una súper cena que sale por una miseria con un BONO de DESCUENTO de una de esas empresas que andan bombardeando por Internet, en un restaurante del Downtown de Barcelona, que no conozco pero eso no tiene por qué ser necesariamente malo. Empiezas a llamar a diferentes horas del día y nadie te coge el teléfono, llamas al proveedor de los bonos y dicen que intentarán dar con el propietario, luego te pasan un móvil, llamas al móvil, se pone una chica, dice que están de reformas porque se les ha inundado la cocina, pero que te dan cita para dentro de dos meses, no hay problema, pero ese viernes no, el otros sábado tampoco, uff, el jueves tenemos lleno, pues venga el martes dentro de 3 meses a las 21.00h. Cuando llega el día a poco lo olvidas y casi hubiera sido mejor: estás solo en un restaurante que huele a humedad, decadencia y cierre inmediato. La carta es escueta como un menú de mediodía, tanto que eliges lo que te disgusta menos. Pides vino, algo normalito, llega el postre (de sobre), café ya no quieres y pides cuenta. Contando que ya has pagado un bono por la cena, todavía tienes que desembolsar 12 € por cabeza por un vino de mala muerte y dos aguas. ¡¡Y ni siquiera te gustó!!

Yo soy una oveja, y no admito quejas.

Los mismos problemas tuve para hacer un curso de cocina japonesa: seis meses tardé en que me dieran plaza. Ya me temía que la cocinera fuera la abuela extremeña de la organizadora, pero para mi alivio era una chica japonesa de pura raza que nos hizo unos makis y urumakis estupendos y al menos salí de allí bien comida con algas y medio enseñada de rollos.

Mi sushi-maki son de puerto... de puerto USB

Mosqueadísima con este sistema de descuentazos online, se me ocurrió preguntarle por ahí a ver si alguien más había tenido algún tipo de experiencia como la mía. Y sí para mi alivio, porque en ciertas ocasiones “mal de muchos ES consuelo de tontos”.
Mi amiga Judith quiso hacerse un tratamiento de depilación láser en una de esas cadenas conocidas de Pelos fuera, Vello pa’ qué o Alto al pelo, y entre hoy te anulo yo, mañana me anulas tú, y a la tienda de esta calle no puedes, aquí no te hacen la oferta y blablabla, la pobre criatura tuvo que pedir un coche prestado para irse a hacer el tratamiento a Hospitalet. Entre gasolina, parking, que se perdió por el camino y llegó tardísimo a su casa, la broma le salió más cara que si hubiera contratado al peluquero de las estrellas.

Mira, al final ya me depilo yo con el secador, que me va al pelo

Tirando del hilillo, mi amiga Anna (mi proveedora favorita de contenidos) me explicó su experiencia en una sesión de mascarilla de baba de mamífero en celo o células de la reina madre de Mogambo, al 70% de descuento y comprada a través de uno de esos sitios, digamos “Grampon”. Se fue un sábado por la mañanita a un barrio alejado del suyo en la zona alta (esto debe ser una premisa constante en estas ofertas) y me la recibe -según sus propias palabras- “una medio punk con voz de pasota” que le pone la mascarilla en menos que canta un gallo y le dice sin inmutarse: “Si se te endurece la máscara, no sufras, será poco rato”. Y allí con ella tendida, petrificada y sin posibilidad de huida, le comió el tarro sobre las cremas que hacían en el centro, leyéndole sin desfallecer sus grandes ventajas estético-higiénicas, mientras mi pobre Anna permanecía inmóvil en la camilla en plan “Hable con ella” de mascarillas que no se irá por la patilla. Vamos, que el efecto hidratante le duró lo que tardó un bus en sulfatarle Co2, pero el sonsonete del discurso del método punkarra todavía le resuena en la cabeza como una mala sesión de hipnosis.

Mucha flor y mucha leche, pero esto huele a barro de cuadra

En definitiva, que quizá habrá que replantearse si estos sistemas de ahorro no serán un placebo para el comprador y un parásito intestinal para el proveedor, quien al darle el bono pone cara de estar oliendo abono de porqueriza. Lo dicho, no creo en los descuentos milagro ya vengan de Fátima o de Lourdes.

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3 comentarios en “Bonos de descuento, ¡¡a otra con ese cuento!!

  1. yo siempre digo que este tipo de cosas hay que pasarlos por el filtro de la idiosincrasia española. Estos descuentos, en principio, son pensados para que la empresa pierda, o no gane, dinero, pero sé de a conocer. De forma que ese día comes muy barato, y si te atienden bien, otro día no te importa volver a pasar pagando el precio real porque ha merecido la pena.

    Cuando pasas eso por el tamiz de nuestra forma de ser, lo que encuentras es el listo de turno intentando ordeñar la vaca a fondo porque para cuando esta se muera agotamiento, él ya estará metido en otro negocio basado en lo mismo o algo parecido.

    Es la mentalidad que nos ha metido en el ladrillo, nos ha calzado la reforma laboral y nos grita y tú más desde los escaños del congreso.

    jope, perdona la chapa..

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