Cuanto más chino, más me arrimo

En el “Bar Tolo” las cañas te las pone un chino; en la ferretería de al lado las llaves te las hace un chino; en la mercería, las bragas son chinas y te las vende una china… De aquí a nada, Manolo “el del bombo” será Chu-li que en vez de bombo tocará los platillos Ming.

Chi-pa-ñaaa, Chi-pa-ñaaa... Ya no sé de dónde vengo ni a dónde voy...

Tanto miedo a que nos invadieran los extraterrestres y la invasión ha sido terrestre… por tierra, mar y aire en forma de vuelos chárter. Así a lo tonto, sin prisa y sin pausa han ido saliendo al mundo por la puerta de la muralla china hordas y hordas de manchures, cantoneses y mandarines que llevan décadas -cuando no siglos- entre nosotros. Nos observan con los ojos entrecerrados, imitan nuestra ropa que cosen ellos mismos, hablan nuestra lengua con ele de olé y se han acostumbrado a nuestras costumbres.

Soy más chino que Confucio... Lo tengo muy claro...

Y mientras, ¿qué hacíamos nosotros? Mirándonos el ombligo en vez de mirar hacia el este, un poco más allá del Cáucaso, de donde vienen todas las invasiones desde los Hunos a estos otros. Y claro, ahora que ya están aquí al mogollón, nos entran las prisas por viajar a la China y ver de qué pasta están hechas sus famosas empanadillas. Porque si los italianos han conquistado el mundo cubriéndolo con una masa de pizza y mozzarella, los chinos han exportado su “Palacio de Pekín” en forma de restaurante construyendo réplicas por todo Occidente y haciéndonos la boca agua de Río Amarillo con sus arroces tres delicias y sus patos (o gatos) laqueados.

Mira qué bien me sale el pato: ¡Cuaaaaccc, cuaaaaccc!

Después de conquistarnos por los estómagos, nos llenaron los ojos de baratijas -como los vaqueros a los nativos americanos- y coparon las calles con tiendas de quincalla (tóxicas a veces, alergénicas otras) de todo a dos perras. Animados por el éxito comercial “made in China”, abrieron peluquerías de alisado oriental transformando los encrespados ibéricos en cuerdas de arpa, centros de manicura y pedicura que te dejan las uñas como las de Fu Manchú, y masajes chinos cuyo “final feliz” es un cuento (para eso están los pisitos clandestinos de toda la vida). Sin embargo, estos negocios de exportación cultural asiática se les han quedado cortos de talle y se han puesto a absorber como esponjas de ducha los negocios autóctonos supliendo a los jefes nativos pero manteniendo intactos sus locales y su clientela que no le hace ascos a las patatas “blavas” y al pincho de “toltilla”.

Con esta uña, no veas como toco "El concierto de Aranjuez"... No hay juez que me condene.

Visto lo visto, me estoy planteando estudiar chino y buscarme un intercambio de lenguas o de piernas, que tanto me da para salir adelante. El problema es que el chino es duro para el oído hispano y si te equivocas en pronunciación en “pinyin” (que es el chino fonético, no un granujilla callejero) puedes estar diciendo “fóllatela sin mirar” en lugar de “lavar y secar”. Así que, he decidido darme en adopción a un chino que me ponga su apellido y me enseñe a hacer la “Grulla blanca”, acupuntura con moxa o tallarines fritos. Mientras me dé de comer, como si me grita en cantonés.

Hola soy Fina y soy rubia natural... natural de Shanghái

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2 comentarios en “Cuanto más chino, más me arrimo

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