En una mesa electoral, puedes acabar muy mal

Quería estar en una mesa electoral estas elecciones, porque al menos unos eurillos me habrían caído. Aunque también me podrían haber caído unas hostias… Y es que parece que esas mesas echan más fuego que la de la cocina del cartero que siempre llama dos veces. Mejor no coger la carta, aunque venga certificada.

Cuando fui a votar el pasado domingo aquel colegio parecía un mercadillo de ropa de segunda mano, una feria de la empanada o un espectáculo de Disney on ice con entrada gratis para la 3ª edad. Había representación demográfica para dar y tomar: desde bebés en mochilas y carros conducidos como autos de choque, a abueletes que se abrían paso hasta su mesa a golpe de muletas y peligrosos virajes en sillas de ruedas.

Manolo, coge todas las que puedas. A ver si nos las cambian por recetas...

Era sobre la una, hora punta antes de comer, y me tocó hacer cola unos 15 minutos, que con el calor ambiental, el movimiento de masas desconcertadas, y “yo te empujo, tú me empujas, nos empujamos” me fui calentando, mientras se me pegaba el vestido al cuerpo. Cuando por fin llegó mi turno me encontré en la mesa con dos vecinos, una vecina muy maja con la que tengo bastante trato -incluso me regaló unas castañuelas de lunares, “Recuerdo de Sevilla”- y un vecino al que conozco solo del ascensor. Ella estaba bastante quemada y, con las gafas resbalando hasta la punta de la nariz, me miraba como una funcionaria que supera los 10 años de experiencia o una diestra enfermera harta de sacar sangre a miles de brazos por boxes.

– Nena, qué gentío (le digo). ¿Cómo lo estás llevando?
– Ufff, si te cuento no te lo crees. Desde una independentista que casi me pega por pronunciar mal su apellido hasta otra que casi se arranca a cantar el “Cara al sol”.
– Hala, venga, Festival de Eurovisión sin televisión. Vaya país.
– Es que la gente no tiene humor (dice el vecino). Hay que reírse, hombre, hay que reírse.
– Y espérate que esto hasta las 8 no se acaba.

Mi vecina me sonríe cómplice mientras mi vecino leen mi nombre y apellidos de fosa común, yo meto mis papeletas y la presidenta de la mesa me devuelve el DNI mirándome con ojos de “nada por dentro”. Salgo pitando del colegio electoral recuperando fuelle para vencer un amago de claustrofobia y agradeciéndole a los hados griegos y a las Idus de noviembre que no me hubieran llamado.

Quiero la mesa bien puesta, con las urnas limpias y recogidas. ¿Entendida, soldada, ENTENDIDA?

Una semana después, en el portal me volví a encontrar con mi vecina.

– Nena, qué bien te veo. ¿Cómo acabó el otro día la jornada electoral?
– No te lo vas a creer… Me agredieron.
– ¡¡Qué dices!! ¿Un votante?
– El presidente de la mesa. Un independentista, porque les dije que claro, ahora para gobernar tendrían que pactar con el PP.
– Bueno nada que no sepamos todos…
– Me dio un golpe en el brazo y me empujó diciéndome ¡Tú cállate, que no tienes ni idea de lo que va la vida!
– ¡¡Hijo de mujer de mala vida!! Pues, nena, según la publi del Ministerio de Igualdad: “Si te arrincona es violencia”.
– ¿Y sabes lo peor? Nadie se inmutó, nadie movió un dedo, todos mirando para otro lado…
– Como las avestruces: si no lo veo, es que no está… ¡Qué fuerte! ¿y cómo quedó la cosa?
– Una de las interventoras me dijo que si quería llamábamos a los mossos para poner una denuncia, pero ya vi claro que ninguno de los que estaba allí querría declarar a mi favor.
– Mujer, el vecino sí… ¿no?
– ¡JA! ¿Sabes que me dijo? Que a ver si yo me pensaba que un empujón es una agresión.
– Aaaahhhh, muy bien. El que decía que hay que tener humor. Quizá él es de los de “me río mientras te pegan”…
– Ya ves, con conocidos así prefiero a los desconocidos. Yo ya no creo en la sociedad, ni en las personas, ni en las revoluciones…
– Yo como soy una marginada, para mí sólo valen las revoluciones personales y los que predican con el ejemplo. El resto… ¡a la hoguera!
– ¡A la hoguera con todos!

¡¡Todos a la hoguera, esto es la guerra... de los caraduras!!

Nos despedimos en el ascensor ardiendo a lo bonzo y en caliente me quedé pensando que, muchos son los llamados y pocos los elegidos. Los elegidos para ser valientes y dar un golpe encima de una mesa electoral si humillan a alguien por decir su opinión en una mal llamada democracia cada vez más autoritaria y autocrática. En política soy “empírico agnóstica”: por experiencia y observación la inmunidad que proporciona el acceso político al dinero público acaba con todo bicho viviente. La ideología sólo es inmune en los libros y en el juego del poder no queda títere con cabeza. Se supone que por encima de todo están las personas, pero es un error de percepción: por encima de todos, están los burros.

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2 comentarios en “En una mesa electoral, puedes acabar muy mal

  1. Pingback: Bitacoras.com

  2. interesante reflexión final .. los que intentamos vivir en eso que llaman democracia cada día vivimos más acojonados porque alguien ha trazado una línea que separa el nosotros del ellos, y a esos ellos, como personas inferiores que son, nunca hay que dejarles abrir la boca.

    eso, que parecía desterrado a las religiones y el fútbol, se extiende, cada vez más, a la política y la vida en general…

    vamos, que acojona, y mucho.

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